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Sep 08 2014

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Indigencia en Chaco: un drama que no se erradicó

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1725265-indigencia-en-chaco-un-drama-que-no-se-erradico

 

 

Capitanich dijo que era un tema casi resuelto, pero en su provincia la situación aún es crítica

RESISTENCIA.- Mary contesta sin dudar: “31 de julio del año pasado”. Ese día vio a Jorge Capitanich por primera y última vez. El hoy jefe de Gabinete estaba en plena campaña por su segundo mandato como gobernador. “Coqui prometió la urbanización, como todos los que vienen, y no apareció más”, recordó entre resignada y triste. Mary se instaló en La Rubita en 2008. Es un predio del Ejército frente al Regimiento de Gendarmería, a 10 minutos del centro. A lo largo de 100 hectáreas, unas 500 familias viven en las peores condiciones: casillas de ladrillo hueco, techos de chapa cubiertos con bolsas de plástico y piso de tierra. Ambientes mínimos. Hacinamiento. Ni cloacas, ni agua, ni gas. La Rubita es una de las (muchas) postales de la pobreza estructural que surcan la provincia de Capitanich. El mismo funcionario que esta semana dijo sin inmutarse que la Argentina “prácticamente ha erradicado los niveles de indigencia y hambre”.

En Chaco viven 1.050.000 personas. Como ocurre en el nivel nacional, el acceso a información oficial sobre indicadores sociales y económicos es imposible. Los índices de pobreza e indigencia dejaron de publicarse en 2012 y los de desempleo están distorsionados por el avance del empleo precario, la profundización del trabajo en negro y la proliferación de planes sociales.

El último Índice Barrial de Precios (IBP), que desde 2007 elabora el Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci), indica que, al 30 de junio de este año, 40,3% de los chaqueños estaban bajo la línea de pobreza (subsisten con menos de 5670 pesos mensuales por familia tipo de cuatro miembros), y 17,2% bajo la línea de indigencia (menos de $ 2497).

María vive con sus cuatro hijos en la casa de su hermana, que tiene otros tres, en Camalote, otro asentamiento, a 10 cuadras de la Casa de Gobierno que Capitanich ocupó hasta octubre del año pasado. Tuvo que dejar su rancho, como le dice, después de la última tormenta.

“Me dan ganas de llegar hasta allá y decirle que deje de hablar estupideces. El único rico es él”, se indigna cuando LA NACION le pregunta por el diagnóstico de Capitanich. María vive con $ 1500 que cobra como asignación por tres de sus hijos y se las rebusca vendiendo mercadería que le dan en el mercado. María, su marido, que vende bolsas de residuos por la calle, y los cuatro chicos duermen en la misma cama.

Los cuatro menores integran el universo de 122.000 niños chaqueños que todos los días almuerzan en comedores escolares. Los hay en el 40% de las escuelas. La provincia gasta $ 2,80 por ración alimentaria.

“Consumen menos del 20 por ciento de las calorías que necesitan y tienen una monodieta basada en carbohidratos. Los resultados son malnutrición, subdesarrollo neurológico y severas dificultades óseas y musculares”, indicó a LA NACION Rolando Núñez, director del Centro de Estudios Nelson Mandela, que desde 1997 se dedica al trabajo de campo y el análisis de la situación social de la provincia.

Marcela Amadeir vive en el barrio Sol de Esperanza, a pocas cuadras de Camalote, junto a otras 250 familias. Lava ropa y herramientas para “completar” los $ 1500 de asignación que recibe por dos de sus tres hijos. El mayor, de 17, aporta con lo que junta cartoneando. En 2010, Marcela se anotó para habitar una de las casas de Sueños Compartidos, el programa que, vía Madres de Plaza de Mayo, capitaneó Sergio Schoklender y que hoy investiga la Justicia por desvío de fondos públicos. Le aseguraron que tendría dónde vivir apenas se entregaran las primeras viviendas de La Rubita. “Vas a tener que esperar a la otra tanda”, le dijeron el día de la inauguración, que encabezó Capitanich. Marcela sigue esperando.

El recuerdo le llena los ojos negros de lágrimas. Evita llorar. “Me da mucha vergüenza. Si fuera como él dice, mis hijos y yo viviríamos dignamente”, dice sobre la “erradicación de la pobreza” que anunció Capitanich.

Mary Rodríguez comparte la angustia, pero no aguanta el llanto. Muestra la “casa” en la que uno de sus hijos, Esteban, vive junto con su mujer y sus tres hijos en el barrio Fontana, a siete kilómetros del centro. Es una jaula de alambre que el joven, de 22 años, recibió como parte de pago en su último trabajo en un corralón.

El viento sopla con insistencia y bate los plásticos que intentan tapar las rendijas que deja la chapa. Adentro hay un colchón, una tele y un banco de plaza desvencijado que Mary rescató de un basural. Ahí viven los cinco. “A veces estoy cansada, pero tengo que seguir luchando por mis hijos. No quiero mercadería, quiero un trabajo” dice Mary mientras se restrega los ojos. Dejó de buscarlo hace dos años y sobrevive con la asignación universal que recibe por sus hijos menores. Además, vende pan casero.

Las últimas cifras disponibles, del segundo trimestre de este año, indican que el 20 por ciento de los chaqueños está desocupado. “El porcentaje es engañoso: no incluye a los 86.000 beneficiarios de planes sociales ni a los desalentados, en su mayoría jóvenes de entre 17 y 24 años que no buscan trabajo”, advierte Núñez.

El principal atenuante de la crítica situación laboral es el empleo público. Un tercio de la población económicamente activa trabaja para el estado provincial o municipal. Entre 2011 y 2012, la cantidad de trabajadores estatales saltó de 124.000 a 135.000, un aumento de 8,8 por ciento .

Frente a la “casa jaula” de Esteban están los tristes rastros de un complejo de viviendas del plan “Más cerca: Más Municipio, Mejor País, Más Patria”. Son diez esqueletos de casas a medio hacer. En el cartel arrumbado sobre uno de los laterales del terreno quedaron los detalles de la desidia estatal, del anuncio que no fue. “Programa Mejor Inclusión, Más Justicia Social”, “Plazo de ejecución: 10 meses”. “Monto: $ 8.994.575”, se lee sobre la chapa abollada. La construcción se interrumpió a mediados de 2012.

Un ejemplo para poner ese gasto que nunca llegó a destino en perspectiva: en el último Mundial de fútbol, el vicegobernador en ejercicio del Poder Ejecutivo, Juan Carlos Bacileff Ivanoff, destinó 9.122.862 pesos, vía Lotería Chaqueña, a comprar 56.700 camisetas de la selección.

Gustavo Alberto está lejos de conseguir un empleo público. Volvió a su casa de La Rubita hace una semana, una vez que consiguió chapa para reemplazar el techo de cartón. “Ni puerta tenemos, la usamos de mesa”, dice entre risueño y avergonzado, mientras invita a pasar y muestra los huecos por los que sigue filtrándose agua. Tuvo su último trabajo hace cinco meses, como sereno en una obra. Espera conseguir algo pronto. Tiene tres hijos y su mujer, Noelia, está embarazada. “A mi edad está difícil conseguir. Muy difícil”. Gustavo tiene 44 años. Afuera espera Mary, que vuelve a recordar la visita fugaz de Capitanich. “Le diría que venga al barrio, que baje hasta acá y me diga en la cara que no hay pobreza”, desafía. A su alrededor, cada milímetro de la realidad desmiente al jefe de Gabinete.

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