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Jul 19 2013

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Mandela y Perón

De una entrañable amiga, María Herminia Grande

El deterioro de la salud de Nelson Mandela (personaje al cual tuve el placer de entrevistar a tan solo tres meses de recuperar su libertad definitiva), me lleva a reflexionar sobre el destino de los líderes políticos del siglo pasado, siglo que hasta hoy conserva invicta la parición de grandes hombres y mujeres de la política. Mandela, como todos sabemos, luego de veintisiete años sale de prisión con el espíritu de Mahatma Gandhi y logra ser presidente de su país con el número de presidiario 466-64 grabado a fuego en su piel de condenado a muerte. La bestia que a veces anida en el hombre, hizo que por el apartheid miles de personas cuya piel pigmentaba negro sufrieran muerte, tortura y brutales discriminaciones. Mandela pudo reconvertir su propio odio en amor, entendió que ambas cosas se aprehenden. También concluyó que el verbo más difícil en política es reconciliar. Mandela pensaba que cuando no se quiere oír al otro, es porque se teme a las verdades del otro. Su camino no sólo fue difícil por sus enemigos, también lo fue por sus amigos. Interpretar a un líder no es tarea sencilla. Tampoco lo es para quien debe encontrar respuestas a viejos y nuevos problemas. Los líderes políticos hoy escasean. Perduran los del siglo pasado porque no acomodaban sus ideas y principios al marketing o de haber existido, a los vendedores de encuestas e imagen.

Mandela, hijo adoptivo del rey Thembú, aficionado al boxeo, a la maratón y a las artes, lleva su primer nombre Rolihlahla, cuyo significado en lengua xhosa es “el que crea dificultades”. Casi una premonición para la Sudáfrica racista. Se lo conoce como Nelson Mandela, nombre puesto por un maestro metodista cuando tenía 6 ó 7 años. Su primer acto de rebeldía, (veremos una vez más cómo el amor es un sentimiento disparador de otras rebeldías) fue cuando su padre adoptivo, el rey Thembú le designó esposa. Este episodio lo llevó a huir de tal compromiso y al igual que Sandino en Nicaragua, a encontrarse con la realidad de un África cada vez más violenta en su racismo. Ingresa por primera vez a una prisión en 1956. El 8 de junio de 1990 en oportunidad de entrevistarlo, y al consultarle sobre si evidenciaba cambios en los distintos estamentos del sistema del apartheid, me contestó: “durante años presentaban sus acciones criminales al mundo como actos de comportamiento civilizado, y se convirtieron en esclavos de la causa de la guerra y la violencia, y le fue imposible encontrar palabras que justificaran sus actos. Aún nadie sabe cuántos adeptos de esa política están con vida, tampoco cuántos niños han perdido su vida en los últimos años simplemente porque el sistema del apartheid les negó el alimento y la salud. En esta actualidad quienes se han puesto como nuestros gobernantes reconocen abiertamente que sus malignos designios han fracasado y nos dicen que el dominio de la minoría blanca debe llegara a su fin. El sistema del apartheid no puede ser sostenido por más tiempo, los que están encarcelados deben ser liberados. Los exiliados deben volver a su patria. Quienes han sido condenados a una virtual esclavitud, deben ser dueños de su destino. La tragedia es que los que han muerto víctimas del apartheid no pueden ser revividos. Siento que estamos cerca de poner fin al apartheid. Esto constituye un homenaje a los millones de seres de nuestro pueblo que se han negado a doblegarse, que no han temido a la muerte y que se han negado a ser esclavos”

Este Mandela no dudó años después -1994-, en integrar la fórmula presidencial con el presidente blanco de Klerk que en 1990 lo había liberado.

Juan Domingo Perón trabajó sobre un “apartheid” latinoamericano, cual fue hacer entender a la Argentina de los patrones, que los trabajadores no eran esclavos, que debían ser respetados como personas, debían tener acceso a un sueldo digno, vacaciones, salud, educación, vivienda, etc. Esta batalla más sus propios errores, le llevaron a tener adeptos y enemigos. El odio de entonces era tal, que se evidencia en el periplo del cadáver de su esposa Eva Perón.

Perón no estuvo preso como Mandela, debió exilarse de su patria durante diecisiete años. A su regreso al igual que Mandela, quiso integrar la fórmula del gran acuerdo nacional con su mayor adversario de entonces Ricardo Balbín. Sabedor de su débil salud deseaba simbolizar de esta forma la continuidad de un proyecto de unidad nacional en una patria con demasiada sangre derramada.

En sus respectivos exilios Perón y Mandela, abrazaron la paz por sobre el odio. Los seguidores de uno y otro siguen sin estar a la altura de semejantes líderes.

www.mariaherminiagrande.com.ar

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