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Sep 19 2012

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Que la verdad no separe lo que Monsanto ha unido

Por Daniel Tirso Fiorotto

La confluencia de distintos sectores de la política y la economía del país para sacarle jugo a la soja y a las promesas de gas esquisto se ha convertido en principal política de estado. ¿Cómo logró la multinacional Monsanto pegar con “Intacta rr2 PRO” a Cristina Kirchner, José Manuel de la Sota, el grupo Clarín, el socialista Hermes Binner, los radicales, la Sociedad Rural, los pooles y otros grupos detrás de su modelo? ¿Por qué Monsanto distribuirá la nueva soja transgénica en Entre Ríos antes que en el núcleo de la pampa húmeda? ¿A qué malformaciones nos expone el régimen?

La estadounidense Monsanto pintó agosto de rojo en el almanaque. Todos los años celebrará, en agosto, la habilitación que dio el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner a su nueva patente, la semilla Intacta, que le permitirá recaudar por millones entre los argentinos dispuestos a sembrarla hasta en las banquinas.

Ya no hay discusión, casi. Monsanto es legal en su reclamo de royalties (derechos de autor), se adueña de las semillas bajo el amparo del estado, y por si fuera poco, es “el orgullo” de la presidente.

De poco sirvió el grito del embriólogo Andrés Carrasco sobre la contribución del glifosato a crear monstruos desde el embrión, en el seno de las mamás entrerrianas, argentinas, ante el peso del peso sobre peso que ofrece Monsanto.

“Aquí tengo, y esto la verdad que se los quiero mostrar porque estoy muy orgullosa, el prospecto de Monsanto”, había dicho en junio la presidente Cristina Fernandez en su visita a los Estados Unidos, tras escuchar como música la promesa de inversiones millonarias. Dos meses después aprobó la soja Intacta rr2 Pro bt, con un sistema que obligará a los agricultores a pagar sí o sí la patente a Monsanto cada vez que usen la semilla o cada vez que la vendan. El sueño de la multinacional se cumplía con creces. Monsanto hizo su agosto y para desviarnos del eje la Cancillería salió a cuestionar a Uruguay y a su pastera, y desde Economía le apuntaron a Techint. Fuegos de artificio: la noticia es la transparencia en torno del maridaje del gobierno argentino con la firma supuestamente más odiada, en lo que sería el “cristinismonsanto”.

El abrazo con Clarín

Y festejaron Monsanto, el kirchnerismo y Clarín, al mismo tiempo. “Ganar eficiencia en el uso de los recursos ambientales y sustentabilidad de producción son aspectos muy importantes para el manejo agronómico de los cultivos. Por ello, todas las nuevas tecnologías se encolumnan tras estos objetivos”, se pudo leer en el diario de Buenos Aires.

Hace años que Clarín, La Nación y otros medios y grupos económicos trabajan a favor del modelo sojero Monsanto, lo mismo que el gobierno, pero en el gobierno sostenían en el discurso algo distinto. Ahora, sin dar explicaciones a sus seguidores, Monsanto pasó a ser una perlita del progresismo y la militancia quedó patinando en seco.

“Desde hace 16 años, luego del lanzamiento del RR1, que confería exclusivamente la resistencia al Round Up, no se conocían nuevos eventos transgénicos en soja. En este caso, para el BtRR2, la compañía norteamericana buscó el consenso de la cadena de la soja en Argentina que le permitiría traer su portfolio de variedades y que le sea reconocida la propiedad intelectual como obtentor de este desarrollo”.

Eso dijo Clarín sin ocultar una sensación de triunfo. Eso firmó el gobierno con “orgullo”. Y eso festejó Monsanto.

Monsanto buscó consenso en “la cadena de la soja”, es decir, en los pooles, las exportadores y los grandes grupos, o sea, la cadena de contados beneficiarios del régimen, que con pocos nombres suman el 60 % de la producción. ¿Podrían dar, por caso, los nombres de diez verdaderos trabajadores de la tierra a quienes hayan consultado?

Rr significa resistente al Roundup (glifosato). Así, uno riega de glifosato, mata todo lo verde, y la soja resiste. Pero rr2 resiste también a otros males.

La nueva patente habilitada por el gobierno da garantías contra tres obstáculos mayores de este desarrollo sojero: Rachiplusia (oruga medidora), Anticarsia gemmatalis (oruga de las leguminosas), y homo sapiens sapiens (bípedos aptos para el destierro, según la definición no escrita del régimen).

Desde el hospital materno infantil San Roque de Paraná gritan los casos de mielomeningoceles, gastroquisis, polimalformaciones, linfomas, leucemias, que llegan de San José, Maciá, Lucas González, Federal, Valle María, y tantas ciudades, y hay expertos que sostienen que estamos ante una “masacre” y que debe investigarse entre las causas el sistema agrario marca Monsanto-Cargill, pero desde los gobiernos, ante la duda, prefieren seguir embolsando, expresar su “orgullo” por la multinacional, dejar en veremos el principio precautorio (consagrado en pactos internacionales y en nuestra propia ley ambiental), y que sea lo que Monsanto quiera.

El sinceramiento

Organizaciones sociales, gremios, legisladores, organismos públicos especializados, profesionales y colegios, agrupaciones ambientalistas y universidades están exponiendo en estos días sus reflexiones en torno del uso y la tenencia de la tierra.

Tanto en el orden nacional como en el provincial se avecinan debates intensos, principalmente desde el sinceramiento de la alianza del oficialismo con la multinacional estadounidense y su modelo de producción con sustancias químicas y transgénicos.

Circula entre los ambientalistas de Paraná un video que ensambla la catarata de elogios de Cristina Fernández a Monsanto, en su última visita a los Estados Unidos, con los documentales conocidos sobre la inquietante historia de esa multinacional y sus engaños (El mundo según Monsanto de Marie Monique Robin).

El último anzuelo de Monsanto fue una promesa de desembolso millonario en “Malvinas Argentinas”, una localidad de la provincia de Córdoba a la que le quedará chingueando el nombre, desde la incursión neocolonialista estadounidense.

Las marchas masivas de los vecinos contra Monsanto, con carteles que gritan Fuera Monsanto, de poco sirvieron para que los “enemigos” Cristina Fernández y Juan Manuel de la Sota se juntaran a favor de la multinacional.

Pero en verdad el modelo de mucha soja y abultados ingresos para el estado nacional ya venía seduciendo vía money a la Casa Rosada.

El caso es que Monsanto celebró que el gobierno argentino habilitara su nueva patente, con la que embolsará millones, y anunció que los “productores” de la mayor parte de la soja de la Argentina habían aceptado su propuesta.

No es difícil para las multinacionales juntar las cabezas de pooles y exportadores que controlan desde el poder financiero y especulativo (con anuencia del gobierno) la mayor parte del negocio sojero, y se hacen pasar (ante los desprevenidos) por agricultores. Es vox pópuli que el 5 % de los “productores” concentra el 60 % de la soja en la Argentina (lo mismo ocurre en Paraguay y Brasil).

Lo cierto es que si a la Argentina se le ha cuestionado una y otra vez la ausencia de políticas de estado, hoy la tiene y se llama Monsanto. Esa palabra actúa a la manera del huevo en la masa porque une ingredientes que aparentan ser inconciliables como las figuras principales del gobierno nacional, el gobierno de Entre Ríos, Clarín, La Nación, Cargill, los pooles, el capital financiero, los gobiernos de Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires provincia, Buenos Aires ciudad (todos supuestos adversarios de Cristina Fernández), la Sociedad Rural y algunos partidos llamados “de oposición” como el radicalismo, el Pro y el socialismo, aliados en el régimen de los agronegocios bajo el mega proyecto que desembarcó durante el menemismo y se perfeccionó en la actual gestión. La puntada final fue en este agosto con Intacta, y la Argentina quedó a un paso del partido único sojero de la plutocracia.

Se viene el debate

Iniciativas sobre el uso de sustancias químicas en la producción agraria, el ordenamiento del monte nativo, el arraigo de la juventud en áreas rurales, el arrendamiento, junto a otros proyectos que discuten el sistema impositivo y la distribución de los recursos (nación-provincia), provocarán intercambios de información y enfrentamientos cruzados en lo que resta del año.

A pesar de los vaivenes, en las últimas semanas el gobierno nacional aportó mayor claridad a los debates al sincerar su relación con Monsanto, para que no quedaran dudas ni en los Estados Unidos ni en los seguidores locales del oficialismo.

Los elogios de la presidente a Monsanto y su opinión (infundada) de que sin transgénicos el mundo se muere de hambre, facilitaron la comprensión de las políticas que hasta ahora habían sido iguales, pro soja, pero con un discurso anti sojero.

Las agrupaciones ambientales y los (contados) gremios de pequeños y medianos productores que luchan por la diversidad productiva y la agricultura con agricultores, es decir, por políticas de arraigo y en una economía sustentable, verán ahora aceitadas sus tareas.

Lo cierto es que hoy la soja genéticamente modificada por Monsanto para resistir al glifosato, el uso extensivo del glifosato de Monsanto para matar todo lo que no sea soja, las patentes de Monsanto en distintos granos, son la línea central de la economía argentina que hizo en un poroto sus cimientos.

Gualeguaychú y la coherencia

De los proyectos más conocidos en torno al uso de sustancias químicas y al arraigo de los pobladores en su región, casi todos permiten convivir con el régimen Monsanto, pero morigerando sus efectos nocivos sobre la salud, el ambiente y las poblaciones rurales y semiurbanas, empujadas al éxodo.

El modelo que concentra la propiedad y el uso de la tierra va unido a una cierta naturalización o resignación, principalmente en Entre Ríos donde el flagelo de la expulsión de habitantes (750 mil ciudadanos echados en seis décadas) no sensibiliza ni a los gobernantes ni a los dirigentes gremiales del campo y la ciudad (con excepciones), que tienen a la vista las consecuencias del destierro como sistema, principalmente en la proliferación de taperas y pueblos fantasmas pero también en los censos.

Lo cierto es que el régimen pone en verdaderos aprietos a sus seguidores. Se nota, por dar un caso extremo, entre los kirchneristas de Gualeguaychú que lanzan misiles hacia el otro lado del río por la presencia de la pastera UPM, en una cruzada ambiental, mientras por otro lado aplauden el maridaje con Monsanto y los transgénicos, y la explotación del gas esquisto.

Kirchnerista y Pro

Veamos qué más dijo Clarín ante el sinceramiento sojero del gobierno menem-kirchnerista: “El secretario de Agricultura, Lorenzo Basso, ya firmó la resolución que dispone la liberación comercial de la soja ‘Intacta RR2 Pro’, que fue modificada genéticamente por Monsanto para lograr un cultivo que como su antecesor será resistente al glifosato (el más popular herbicida) y le agregará resistencia al ataque de insectos. Era una vuelta de tuerca necesaria, pues la soja RR original es una tecnología que tras 17 años que estaba comenzando a mostrar flaquezas. Por caso, hay malezas que han ido adquiriendo resistencia”.

Luego recordó el acuerdo de Monsanto con la industria semillera por “un sistema que le permita cobrar de los productores los royalties correspondientes”.

“De todos modos, la decisión de apurar el paso y liberar comercialmente el nuevo evento OGM (organismos genéticamente modificados) se dio luego de una reunión a fines de junio entre directivos de Monsanto y la presidenta Cristina Kirchner. Luego de escuchar anuncios de inversiones millonarias, ella misma dio garantías de que se respetará la patente de la nueva soja RR2”.

“Un estudio del experto Eduardo Trigo, a fin de 2011, afirmó que la superficie sembrada con soja sería de apenas 10 millones de hectáreas (y no de 20 millones, como llegó a ser) si (Felipe) Solá no hubiese firmado aquella resolución de 1996 (aceptando el ingreso transgénico). Trigo calculó también que toda la soja de más que se produjo en estos 15 años permitió el ingreso de 62.000 millones de dólares adicionales al país. El dato sirve, al menos, para entender la verdadera dimensión de estos latosos temas técnicos”.

Clarín y los gobiernos nacional y provinciales de distinto signo coinciden en que la abrupta tendencia al monocultivo, la apropiación de la genética por multinacionales estadounidenses, la producción a gran escala y sin agricultores, el vuelco del capital financiero al agro para desplazar a los campesinos, los daños a la salud, vida y la biodiversidad por la fumigación con sustancias químicas, son, en fin “latosos temas técnicos”. Y alumbran lo que ya estaba a la luz: los miles de millones de dólares, ante los cuales, el arraigo, las pymes, el trabajo sano y la vida misma se convierten en víctimas, si acaso, de “daños colaterales”.

El lector puede obtener en internet abundante información sobre los riesgos de la explotación del gas esquisto, también prometido en estos meses para Entre Ríos como una tabla de salvación.

Falta decir, entre tantas cosas, que aquí como en distintas zonas de Abya Yala (América) se están organizando los vecinos para resistir.

 

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