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Jul 27 2012

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EL MARTILLO

Por JORGE RULLI

¿Puede haber Soberanía Alimentaria sin cultivar otras Soberanías? ¿Qué signica industrializar lo rural en el contexto actual de globalización económica? ¿Qué relación existe entre la desnaturalización del vínculo con la tierra que sustenta la producción agrícola y la desnaturalización de los conceptos en el campo del discurso? ¿Qué futuro forjamos cuando cambiamos la noción sagrada de unión con la tierra por una visión urbana basada en el culto al dinero? ¿Nos estamos preparando para “lo imprevisible que está a la vuelta de los días o los meses”? Cuando le solicitamos a Jorge Rulli que escribiera una contribución para El Martillo acerca de los temas en los que estaba reexionando en el último tiempo, nos envió este ensayo original que brinda algunas pistas para responder a estos interrogantes. Como tantas otras veces, Rulli nos apalea con su reexión profunda sobre las contradicciones, los equívocos y los simulacros que resultan funcionales a la destrucción socioambiental de la Argentina.

Alguna vez la Presidente Cristina Fernández expresó que uno de sus grandes sueños respecto a la Argentina del tercer centenario sería el de industrializar la ruralidad. Estamos convencidos que la declaración, tan breve como terminante, no es una mera opinión o deseo personal, sino que refleja el pensamiento de una parte importante de la opinión pública argentina. Ese deseo refiere a una cuestión de enorme importancia en el mundo actual, e implica una toma de posición frente a esta Argentina aplastada por el modelo de los Agronegocios. Pese a su brevedad retórica y, en buena medida, por la fuerza categórica que conlleva, ese sueño puesto en palabras produce un profundo rechazo entre quienes creemos conocer el pensamiento y las prácticas políticas de esta dirigencia progresista, que se asiste con las opiniones de los más ciegos defensores de la biotecnología, o acaso con las de muchos intelectuales que no se quedan atrás en cuanto a la necesidad de apostar ciega y empecinadamente por el crecimiento económico, así como de insistir en el culto ferviente por las tecnologías.

Tal vez al común de los argentinos, muchos de ellos convencidos (aunque quizá no de manera suficientemente consciente) del destino urbano de la Argentina, el deseo de la Presidente no les haya causado mayor rechazo o, quizá, hasta les haya parecido aceptable. Una razón más entonces para preguntarnos ¿qué significa ese deseo, en especial cuando algunos equiparan poéticamente a nuestra Presidente con “una máquina de lanzar desafíos conceptuales”? ¿Qué significan esos deseos cuando, luego de varios ensayos y postergaciones, se lanza al fin el PEA, el Plan estratégico agroalimentario y agro industrial, que supuestamente fijará los rumbos del gobierno hasta el año 2016?

La idea de industrializar lo rural (con un paquete de postulados del siglo XIX) se propone transformar el campo en una especie de fábrica para, de esa manera, reocupar con eficiencia el antiguo nicho asignado por las metrópolis a las periferias coloniales: el de ser proveedoras de alimentos y materias primas. Pero ahora, en el siglo XXI, con biotecnologías, con cultivos extensivos y genética de altos rindes y mayores insumos, con provisión masiva de forrajes para engorde, sobre el hambre de las propias poblaciones condenadas a ver el uso de sus suelos en la producción masiva de biocombustibles destinado a los motores de Europa… “Queremos que la Argentina sea un líder a nivel global en agroalimenta- ción. Las metas [de 160 millones de toneladas de granos por año] que proponemos van a quedar cortas”, manifestó la Presidente en la feria de Tecnópolis, ante los numerosos empresarios que la escuchaban, al ser presentadas las metas para los próximos diez años en materia agroalimentaria. Los mayores terratenientes y sojeros de la Argentina no lo podrían haber expresado con mayor claridad. Los teóricos agroindustriales de los medios masivos de comunicación, tampoco. Sorprende el extraño maridaje de ideas y conceptos, conseguido a lo largo de los últimos años, entre los resabios de un setentismo incapaz de comprender los desafíos de la Globalización y los intereses corporativos de un sistema mundial que tiene a la China comunista como la gran fábrica de todos los productos manufacturados, así como locomotora del Capitalismo Global.

Con los criterios actuales a que refieren los procesos progresistas de la América Latina, y que han hecho suyos numerosos gobiernos a lo largo del continente, podríamos anticipar, sin lugar a dudas, que “industrializar lo rural” significa modernizar el campo con las mismas concepciones y en similar camino que el recorrido históricamente por Europa occidental.

• Significa integrar al campesino, al poblador rural, al pequeño productor a la sociedad de consumo y a los dictados del Agronegocio, para que venda en el lugar indicado, bajo controles de comercialización decididos por funcionarios y hombres de empresa, con las normas correspondientes a la sociedad global.

• Significa, asimismo, que venda bajo diversas certificaciones y o sellos de calidad, y que lo suyo tienda a industrializar las producciones rurales con el objetivo de que los frutos de su labor acaben en la exportación o en la góndola de los supermercados.

• Significa hacer dependiente al pequeño productor de las tecnologías de punta, hecho que se visualiza como altamente positivo.

• Significa incorporarlo a una creciente dependencia a los insu- mos demandados por esas nuevas tecnologías y promovidos por las grandes empresas, desde insumos agrícolas hasta los empleados en la cría de animales en encierro, pasando por una dependencia casi total de los combustibles fósiles por parte de gran parte de las nuevas tecnologías.

• Significa enseñarle la conveniencia de la escala, del método fabril que entre otras cosas convierte a un animal en objeto y a la vez en producto de una ingeniería de cadena de montaje, procesos que terminan negándole al animal su carácter de ser vivo y que lo mantienen en encierro o en corrales de engorde, alimen¬tado con balanceados industriales, con añadidos de hormonas y antibióticos preventivos que intoxicarán su carne y terminarán afectando a quienes la consumen.

• Significa meterle en la cabeza al pequeño productor los conceptos de inversión y de ganancia, así como la necesidad de incorporar semillas mejoradas, híbridas o transgénicas, que ya no pertenecerán al agricultor sino a la Corporación que las produzca.

• Industrializar lo rural, en definitiva, significa romper la unidad que el pequeño chacarero integra junto con la tierra, con el suelo viviente, con el ecosistema que fundamenta y sostiene la totalidad de la producción agropecuaria y que, a través del desprecio por los tiempos y procesos ecológicos inherentes a éste y de la mani¬pulación de sus componentes mediante técnicas científicas lineales incapaces de describir la complejidad de base de su funcionamiento, es tomado como un mero soporte inerte de los cultivos, como una etapa más en un procedimiento que no busca producir alimentos cuidando la tierra, sino obtener bienes comerciables para el mercado global cada vez en mayor cantidad y a menor costo.

Paradójicamente, y debido a que muchos intelectuales argentinos aderezan las nuevas dependencias con contrabandos conceptuales y relatos encubridores, el Plan agro alimentario dice proponerse la Soberanía Alimentaria. Una vez más se nos plantea la desna¬turalización de los conceptos y una difícil disputa en el campo de los discursos. Se trata, por un lado, de luchar por poner en claro la naturaleza de su simulacro y, por el otro, de expresar las verdades que nos motivan a quienes definitivamente proponemos otro país. Penosamente, y no sólo en el plano del discurso, tememos que se extravíe el significado de la Soberanía Alimentaria. Debemos reconocer que, si bien los diez millones de hectáreas que se proponen sumar a los actuales monocultivos de exportación inevitablemente barrerán con gran parte de los bosques existentes como consecuencia de extenderse de manera impiadosa la frontera agrícola, es posible que se tomen recaudos para privilegiar a bolsones de agricultura familiar y pequeñas producciones asistidas o subsidiadas desde los estratos oficiales. De esta manera pueden continuar legitimando el modelo extractivo agro exportador, a la vez que alimentando las políticas de representación que caracterizan al régimen. Diversas expresiones en los medios, equívocas cuando no de franco apoyo al Plan anunciado, por parte de líderes campesinos y de agrupaciones de pequeños productores, nos permiten sospechar este tipo de complicidades y de probables acuerdos para asegurar la continuidad de ciertos respaldos. Ayuda mucho en ello la creciente fragmentación social, la exacerbación de diferencias e intereses, la extendida entelequia de que cada cual puede salvarse sin el resto, el asistencialismo que baja las defen¬sas y predispone a la claudicación y, muy especialmente, la certeza instalada de que este progresismo globalizado y esta economía de mercado son invencibles, al menos en los escenarios actuales.

En suma, el Plan estratégico agroalimentario y agroindustrial está impulsando decididamente el modelo de los Agronegocios y se propone hacer del campo una enorme fábrica con personas que probablemente sabrán poco y nada de lo rural, ya que se especializarán como tractoristas, fumigadores, mecánicos, inseminadores, etc… Y, una vez extraviados los saberes agrarios y los patrimonios culturales heredados o en vigencia hasta hace una generación, se continuará enseñando al hombre de campo a relegar o abandonar las producciones de subsistencia y los múltiples y variados conocimientos a que obligaban esas prácticas, y se le inculcará la necesidad de consumir tal como el hombre de la ciudad… ¿Por qué razón perdería su tiempo en una huerta o en un gallinero familiar, si puede ir al supermercado del pueblo y comprar esos mismos productos o sus similares, por no mucho dinero, y de esa manera aprovechar mejor su tiempo para emplearlo en los monocultivos y en las producciones en serie que se le recomiendan…?

En las configuraciones de poder que se instalan y donde los modelos productivos se hacen independientes de los gerenciamientos políticos partidarios, los nuevos condenados de la tierra resultan incontables, su destino inexorable es el de engrosar las inmensas periferias de indigencia en las megalopolis, que se multiplican en un planeta cada vez más amenazado por la sinergia de la crisis energética con la crisis del Cambio Climático. Por parte de los gobiernos se multiplican planes respaldados por ornismos internacionales y financieros para integrar al mercado lo que, con menoscabo, se denomina la “pequeña” agricultura: los huertos de auto subsistencia, las economías campesinas y la nueva ruralidad de los que buscan volver al campo escapando de las grandes urbes. Bajo la excusa de prestarles ayuda, se los asiste técnicamente o con créditos blandos, para inculcarles la dependencia a insumos y la escala agroindustrial, a la vez que se los introduce en esquemas de mercadeo en los que no podrán subsistir sino asistencializados y en los que, casi siempre, deberán terminar integrándose a empresas de mayor escala. En este contexto, la agricultura ecológica que se basaba en principios morales y en criterios de responsabilidad personal, es ahora vista como un nicho de mercado, al que se intenta integrar mediante certificaciones y sellos de calidad.

Alguna vez la Argentina alcanzó su plena Soberanía cuando, por lo contrario del pensamiento actual y dominante, industrializó la industria y agrarizó el agro. En esas épocas comprábamos el pan recién horneado a leña en la panadería del barrio y lo llevábamos a casa envuelto en papel astraza, el azúcar se compraba suelto en el almacén de la esquina y las gallinas en la pollería, donde las viejas del barrio las elegían y el pollero las mataba y pelaba mientras nosotros aguardábamos. Las compras se hacían gene¬ralmente en las ferias del barrio y los compradores iban siempre con sus propias bolsas de tela o con los clásicos changuitos. Los domingos se ponía la mesa familiar también para los hijos casados que se hacían presentes y alguno de los más pequeños iba a avisarle al padre que la mesa estaba puesta, al despacho de bebidas, donde con un “gancia” de por medio y una picada, departía con sus amigos y vecinos… Para las fiestas de fin de año o para los cumpleaños que se festejaban siempre en las pro¬pias casas, se llevaba entre varios un lechón adobado sobre una gran asadera para que el panadero del barrio lo cocinase. Pero además de una pujante industria liviana y mediana, que abarcaba el grueso de las necesidades de un desarrollo planificado en planes quinquenales, teníamos los hornos Zapla en Jujuy y la Fábrica Nacional de aviones en Córdoba. Todas las herramientas y las máquinas herramientas se fabricaban en un país que era absolutamente autosuficiente en energía, así como se fabricaban los electrodomésticos y hasta los automóviles y camiones que abastecían a un mercado interno en pleno desarrollo.

Sesenta años después, todo producto que se precie nos llega de China, mientras que el concepto del agribusiness se ha impuesto en la sociedad, modificando la relación del hombre de campo con la tierra y facilitando el despoblamiento masivo y la concentración humana en las periferias de los nuevos conurbanos. Lo que quiero decir es que la agricultura fue durante milenios un modo de vida y significó, asimismo, una manera de domiciliarse en un hábitat determinado, al que se terminaba rediseñando según las propias necesidades del agricultor o campesino, y donde era preciso someterse a los procesos naturales para modificarlos o aprovecharlos en el propio interés de las producciones que se intentaban. El campesino estaba definido por su tierra y por el manejo que hacía de ella. El campesino no existía como algo en sí mismo, sino en relación a la tierra de la que obtenía alimentos, fibras y materiales. El campesino vivía en la tierra y, merced a la relación entre ambos y a las historias de esta relación, se formalizaban prácticas y conocimientos que a fuerza de siglos devinieron nociones sagradas en el diverso mundo agrario. Eso es lo que ha cambiado. No solo se ha desacralizado en profundidad el hecho de vivir la tierra, se modificó la mirada del agricultor, que ahora evalúa los recursos de que dispone tal como puede hacerlo un industrial o aún más todavía, un financista. Se impuso el agribusiness en la conciencia de la gente de campo.

Pero, además de ello, y no significa que lo expuesto sea poco, debemos considerar que el modelo del agronegocio implica la industrialización de los alimentos. Ésta permite que ciertas empre¬sas y corporaciones se apropien en cada hogar de la mesa fami¬liar, que la publicidad nos modifique los gustos, que las recetas se acomoden a los nuevos alimentos industriales, y que el modo de comer y las preferencias se modifiquen para adecuarlas a las necesidades del mercado. Los alimentos industrializados son producidos mediante cadenas agro alimentarias, que a su vez in¬tegran a distintos tipos de empresas que nada tienen que ver con la producción de alimentos, sino con la producción de sustancias químicas como conservantes, colorantes, saborizantes, con el empaquetado, con el transporte, con el marketing, con el comercio, etc. Cada eslabón es totalmente dependiente del conjunto, de manera que los productores agroalimentarios del inicio de la cadena son totalmente vulnerables frente al resto, especialmente en lo que se refiere a la formación de precios y al acceso a los consumidores. El destino de los alimentos industrializados son las góndolas de los supermercados, los que a su vez terminan reemplazando a los pequeños comercios y a las ferias locales.

De tal manera, ahora tenemos una fuerte industria alimentaria que produce, con enormes gastos de energía, una comida cara y de poca calidad, pero no tenemos altos hornos ni fabricamos aviones. Además somos fuertemente dependientes tanto de la importación de gas cuanto de petróleo. Ya no consumimos alimentos sanos y frescos sino que nos alimentamos con comida chatarra. Nos sustentamos y a la vez nos enfermamos, con una ingesta que contiene productos de síntesis química y componentes originados en semillas transgénicas, mientras que la mayor parte de las verduras frescas de que se dispone en el mercado, normalmente contaminadas por agrotóxicos, son producidas en las periferias urbanas por inmigrantes bolivianos mediante sobreexplotación laboral.

En definitiva, esta idea aberrante de industrializar lo rural no es más que un espanto de la modernidad tardía, vista ahora por ojos subdesarrollados. Un verdadero espanto generado por una clase media urbanizada y progresista, a la vez que fuertemente retrasada en el campo de la evolución de los pensamientos. Una clase media urbana que ve un mundo cartesiano y desacralizado desde el balcón de su departamento… y a la que le resulta impo¬sible imaginar otros universos más que su propio estrecho mundo de objetos y productos, visto a través de las pantallas de la TV y del ordenador, como ventanas hacia un “afuera” sobrecogedor y amenazante. Un mundo sin corazón, sin ternura, sin belleza ni silencios, donde los que luchan por el Poder mueren intoxicados, entubados, entre cuatro paredes, enfermos de cólera y de impo¬tencia, consumidos en el esfuerzo de acumular dineros que no se pueden llevar a la otra vida. Un mundo donde la izquierda y la derecha son banderines decorativos en un gigantesco Titanic que avanza sin más hacia el témpano, guiado por el Producto Bruto Interno, el despilfarro energético, y toscas ideas económicas para definir lo que deberían ser nuestras vidas.

En una sociedad enajenada por el objetivo de hacer más dinero y por consumir de manera insaciable, resulta difícil preservar cier¬tos principios y prácticas que serían necesarios o acaso impres¬cindibles, para rescatar un Proyecto de Soberanía Alimentaria. El recurso por parte de las compañías de implementar políticas de Responsabilidad Social Empresaria (RSE), que permiten realizar nuevos negocios pero ahora basados en supuestos principios éticos y pretendidas preocupaciones ambientales, contribuye a confundir y a desnaturalizar el concepto en el común de las personas. La idea de Soberanía Alimentaria termina asimilada a la idea de Seguridad Alimentaria, o con meros sucedáneos desti¬nados a un público banalizado por la publicidad. Para poder instalarse sobre un territorio o sobre un país, la Soberanía Alimenta¬ria necesitaría del concurso real de otras soberanías. Imaginarla sin una correspondiente Soberanía Nacional que la posibilite y que le permita llevar su propuesta al plano alimentario y de la integración territorial, es un engaño. Solo una situación de crisis profunda en los planos energético y financiero, así como un co¬lapso de los mercados globales, podría permitir que vuelva a ins¬talarse la Soberanía Alimentaria como una propuesta liberadora en las esperanzas de los hambrientos y de los infortunados.

Mientras en nuestro país y en todo el mundo miles de activistas preocupados por el destino del Planeta, y urgidos por los más que evidentes y sucesivos colapsos ambientales y la creciente crisis energética, se proponen retornar a una vida campesina en la tierra, o acaso “re-ruralizar la ruralidad” campesinizando a nuevos y sucesivos contingentes de jóvenes idealistas, la con¬signa de los sectores progresistas de la Argentina resulta ser la de acabar con la ruralidad a todo riesgo… Es un desatino, sin lugar a dudas, no tan solo para el porvenir de nuestros patrimo¬nios ecológicos a los que condenamos irremediablemente, sino también para la identidad cultural de los pueblos que, aunque suela manifestarse en las ciudades, siempre tiene origen en el campo y en los paisajes simbólicos que vinculan al hombre con la tierra.

 

Lo hemos dicho más de una vez y ahora lo repetimos: somos una generación acostumbrada a generar las contradicciones que motivaban y provocaban los cambios sociales y políticos. Las luchas revolucionarias que nos precedieron no eran sino eso, el esfuerzo y el sacrificio de algunos por acelerar los procesos y modificar las condiciones subjetivas y objetivas que predisponían a los cambios institucionales y de las relaciones de Poder. Es muy posible que también ésas sean instancias que la Globalización y el Cambio Climático hayan modificado. Hoy los límites parecie¬ra ponerlos la Naturaleza, las contradicciones provienen de los colapsos ambientales y de las crisis energéticas, del desplome de los mercados globales y de las catástrofes ecológicas a que conduce un proceso desesperado y sin porvenir alguno. Basta entonces con que nos preparemos para lo imprevisible que está a la vuelta de los días o los meses.

JORGE RULLI – Militante político desde la década de 1950, cuando integraba desde sus inicios la Juventud Peronista, Jorge Rulli es un testigo privilegiado de los grandes procesos que vivió la Argentina en el último medio siglo. Sufrió 11 años de cárcel viviendo en carne propia la tortura y el maltrato, y el exilio en varios países de Europa. Sin embargo, tal como queda reflejado en la biografía que recientemente escribió Juan Mendoza “Jorge Rulli, el guerrero de la periferia” (ed. 2011), nada doblegó su espíritu crítico, su particular manera de repensar el país desde los distintos contextos internacionales, su permanente indagación sobre los procesos sociales y políticos que transforman a los países de Latinoamérica en meros productores de materias primas en detrimento de la sociedad y el ambiente. Ferviente luchador antiglobalización, funda el Grupo de Reflexión Rural a mediados de la década de 1990, con el cual publica varios libros en colaboración. Sus célebres editoriales del programa de radio “Horizonte Sur”, son una crónica descarnada de las nuevas formas de colonización en el contexto de la globalización económica, y dan cuenta, semana tras semana, de los obtusos, paradójicos y contradictorios modos de pensar compartidos por diversos sectores que a primera vista parecen antagónicos, pero que en el contexto actual resultan funcionales al manejo corporativo, insustentable y suicida de nuestros ecosistemas.

El GRR (Grupo de Reflexión Rural) es un grupo de afinidad y un espacio para el diálogo y el debate multidisciplinario sobre los impactos del capitalismo globalizado sobre la sociedad y el ambiente. Con una mirada implacable sobre el modelo biotecnológico, los monocultivos, la destrucción de los ecosistemas, la contaminación por agrotóxicos, la soberanía alimentaria, etc, y a través de documentos, reuniones, y campañas, el GRR se convirtió en un punto de referencia para gran parte de los activistas ambientales, participando activamente en la construcción de pensamiento popular y en la toma de conciencia sobre estos problemas. Para tomar contacto con el GRR, se puede visitar su sitio web: www.grr.org.ar

 

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