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May 22 2019

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Del aula al comedor

En tiempos de crisis, las escuelas afrontan un doble desafío. Además de cumplir su rol esencial, el educativo, funcionan como espacios de contención social ante las graves situaciones de vulnerabilidad que viven los alumnos y toda la comunidad. Los docentes multiplican esfuerzos para dar respuesta a la emergencia y las ONG advierten sobre el impacto que tendrá a futuro esta realidad.

Uno de cada dos chicos en Argentina es pobre. La dramática revelación quedó confirmada con los últimos datos difundidos por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) y el Barómetro de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA), que midió la pobreza en forma multidimensional.

En su informe más duro de los últimos ocho años, el Barómetro de la UCA relevó la pobreza teniendo en cuenta indicadores como vivienda, alimentación, educación, salud, trabajo y servicios básicos, y determinó que el 31,3 por ciento de la población urbana argentina se encuentra en situación de pobreza.

Según los datos del Indec, el índice de pobreza es unas décimas mayor: alcanzó al 32 por ciento de la población y, comparando los distintos grupos etarios, los porcentajes son mayores en las franjas de menor edad. Así, los niños de entre 0 y 14 años son los más afectados: cerca de 5 millones de ellos –el 46,8 por ciento– se encuentran por debajo de la línea de pobreza, lo que refleja el demoledor impacto de la crisis en los más chicos, que además son los más afectados por la indigencia, casi un 11 por ciento.

En este contexto, la escuela abre sus puertas día a día a miles de chicos y allí, sus docentes, su equipo directivo y su personal no docente –todos ellos, en alguna medida, también golpeados por la misma realidad– comienzan a tejer una red invisible y poderosa con la que buscan atender o, al menos, ayudar a encontrar respuestas a necesidades que van desde las más básicas, como alimentarse o tener un lugar donde dormir, hasta cuestiones que tienen que ver con la salud, la violencia, las adicciones y la inseguridad.

Es ahí, justamente, donde los fríos números de las estadísticas impactan y duelen: muchos niños comen sólo una vez al día, en algún comedor escolar o comunitario, y por la noche se van a la cama con un mate cocido en la panza, mientras otros, quizás, cenan lo que sus padres revuelven de la basura. Así lo revela un informe de Unicef dado a conocer en marzo pasado, titulado “Los efectos de la situación económica en la niñez y la adolescencia”.

Allí se señala, entre otros aspectos, que las escuelas ubicadas en barrios populares manifestaron la “necesidad emergente de brindar más funciones de cuidado integral, entre las cuales se incluye la alimentación y la detección de problemáticas emocionales, psicológicas y cognitivas”, lo cual “estaría reflejando cierto impacto de la coyuntura económica y social en estas escuelas en el incremento de problemáticas que manifiestan los niños, niñas y adolescentes”.

Abandonos

“La crisis socioeconómica está teniendo un impacto negativo en los jóvenes de escuelas vulnerables. Especialmente se ve en el incremento de una de las causas del abandono escolar, que es la necesidad de salir a buscar un trabajo informal o tener que quedarse en la casa cuidando a hermanos menores, mientras los adultos tienen que salir a trabajar”, dice Marcelo Miniati, director ejecutivo de la Fundación Cimientos.

Desde la organización se trabaja para revertir estos índices desde la escuela secundaria y acompañando a los jóvenes en el desarrollo de habilidades socioemocionales con un tutor que los guía a lo largo de sus trayectorias educativas. “Trabajamos junto al responsable adulto del estudiante y la escuela, ya que un trabajo mancomunado posibilita el egreso efectivo y la transición hacia un primer empleo y/o el ingreso a la educación superior”, explica Miniati.

En su trabajo de campo, ven y palpan la carencia a cada momento. “Nosotros vemos el impacto de la crisis en cada familia y nuestro trabajo, que busca reforzar el compromiso con la educación y la importancia de ésta para el desarrollo de un proyecto de vida de nuestros jóvenes, se hace más importante que nunca, ya que la escuela secundaria pública, a pesar de ser universal y obligatoria, no forma parte de la vida de muchos jóvenes”, indica.

“Esta ausencia de la institución escuela es el denominador común de la fragilidad social de los jóvenes en Argentina, donde el trabajo informal, el desempleo y la falta de un proyecto de vida son las principales problemáticas que se retroalimentan con los indicadores de pobreza”, remarca el referente de la fundación. Por eso, desde Cimientos defienden que “más y mejor educación es el camino para reducir la pobreza y por ello, a través de nuestros programas, trabajamos acompañando las trayectorias educativas de jóvenes en escuelas secundarias vulnerables, con quienes nos juntamos mínimamente una vez al mes involucrando también al responsable adulto y a la institución educativa”. Las desigualdades se acentúan por provincia, y son el Noroeste y el Noreste las regiones más afectadas.

Desde la Fundación SES entienden que “en contextos de crisis, aumenta la presión para atender otro tipo de demandas que van más allá de lo pedagógico”. Según explica Nicolás Rubí, del equipo de Educación, para cubrir esas demandas la fundación genera proyectos de inclusión educativa y tecnológica, alianzas con organizaciones y relevamientos “para indagar percepciones sobre la escuela secundaria y elementos que permitan realizar transformaciones en la educación media”.

Redoblar la apuesta

El Proyecto Educar 2050 trabaja para que, más allá de las necesidades que tratan de cubrir, las escuelas –sobre todo las rurales, ubicadas en lugares alejados y de extrema pobreza– no dejen de cumplir su rol educativo. Así lo explican Manuel Álvarez Trongé y Florencia Ruiz Morosini, presidente y directora ejecutiva de una organización que se puso en marcha en 2005.

“Para nosotros, la educación es un salvavidas”, le dijo una vez una madre de un niño de jardín a Manuel, en una de las tantas visitas a las escuelas de El Impenetrable, en Chaco. En los colegios donde las necesidades son de todo tipo, “los docentes son mucho más que transmisores de conocimientos y contenidos: son cocineros, transportistas, psicólogos y se encargan también de la limpieza”, dice Álvarez Trongé. “Los roles de docentes y directivos de escuelas deben ser preservados, deben mantener su rol pedagógico” en función de lograr una “buena educación”, advierte.

Para lograrlo, eligieron distintos caminos, entre ellos “incidir en las políticas públicas” y “movilizar a la sociedad para que reclame” que el Estado cumpla su rol. Así, Educar 2050 articula con otras organizaciones nacionales e internacionales, organiza mesas de diálogo y foros, investiga y genera contenidos. Este año, marcado por el pulso electoral, lanzó la campaña “Yo voto educación” para que este derecho devenido en necesidad esté presente en las propuestas de los candidatos.

Mirada 360

Ruta 40 trabaja hace quince años asistiendo a unas 60 escuelas alejadas, incluso, de centros rurales de once provincias, que son las que recorren el trazado del camino que da su nombre a la fundación, desde la Puna hasta la Patagonia.

Paula Torres Carbonell, su directora ejecutiva, cuenta a Tercer Sector que las escuelas “no tienen más de 80 alumnos” y están emplazadas en localidades que no superan los 2.000 habitantes, características que hacen que muchas veces el Estado no llegue con la potencia que puede tener en centros urbanos.

“Nuestra mirada es 360”, dice Torres Carbonell, y explica que “si bien el foco principal de las escuelas es la educación”, no pudieron ni quisieron desentenderse de otras cuestiones. Por eso, Paula cuenta que comenzaron con “la asistencia a las necesidades más urgentes y visibles”, pero luego, a medida que conocieron directamente “los contextos, a los directivos, docentes, alumnos y padres”, se comprometieron con “las otras necesidades”.

Así, junto con los desayunos que los chicos esperan cada mañana, desarrollaron un programa de salud visual, con la ayuda de la Fundación Zambrano.“La salud visual es algo muy concreto y está relacionada con el aprendizaje. Con un test de agudeza visual identificamos problemas que muchas veces nunca habían sido diagnosticados y que, en algunos casos, generaban problemas de conducta y de aprendizaje”, señala Torres Carbonell. Esas pruebas se realizan a niños y niñas de 4 a 14 años, pero además se capacita a los docentes para que ellos mismos puedan hacerlas y se entregan anteojos a quienes lo necesiten.Una de las escuelas a las que llegó este programa fue la número 269 Cardenal Cagliero, ubicada en la localidad rionegrina de Pilcaniyeu.

Además, Ruta 40 ayuda a transformar espacios concretos en las escuelas para que tengan una utilidad específica y sean atractivos para la comunidad, de manera de promover un cambio de hábito. Por ejemplo, hacia la lectura. Para esto, acondicionan lugares para bibliotecas, los proveen del mobiliario y de los libros. Así sucedió en la escuela 1066 de El Peral, en Tupungato, Mendoza, donde en 2018 inauguraron una biblioteca escolar para sus 80 alumnos, pero también para beneficio de toda la comunidad.

Según cuenta Torres Carbonell, la fundación recibe la ayuda de empresas que aportan desde fondos hasta libros, logística, materiales de construcción y mobiliarios, pero también con el aporte individual de donantes que día a día se suman a esta tarea.

La innovación tecnológica y la brecha que eso genera en estos lugares alejados y de escasos recursos es otra de las preocupaciones. Por eso, desarrollaron un programa especial para esos establecimientos. “Si no se trabajan estos temas en los años de escuela primaria, la brecha va a ser mucho mayor”, dice Paula, que asume que “los esfuerzos del Estado a veces no llegan a las escuelas rurales”.

Ruta 40 tiene programas de capacitación para alumnos, pero también para docentes, que incluyen, entre otros recursos, el aprendizaje a través del juego. Con estas iniciativas están presentes, por ejemplo, en escuelas de Tucumán, Catamarca y Río Negro, entre otras provincias.

A comer a la escuela

Del aula al comedor. Así definen desde la Fundación Del Viso el retroceso que ha sufrido la educación en los últimos tiempos. “Hoy, la demanda de las escuelas, incluso las secundarias, es de alimentos. Es tan grave la situación social como la insuficiencia de la respuesta del Estado”, dice a Tercer Sector Gustavo Gioseffi, integrante de la fundación que desde hace 30 años trabaja en educación inclusiva y de calidad en las escuelas de esa localidad del norte del Gran Buenos Aires, y desde 2005 lo hace en conjunto con la red Del Viso Ciudad Educativa.

“Desde hace dos décadas articulamos la tarea de nuestros Centros Educativos Comunitarios con jardines de infantes, escuelas primarias y secundarias de la zona para fortalecer trayectorias escolares. Este vínculo generó múltiples iniciativas que hasta hace pocos años se orientaban a la calidad de la enseñanza, pero ahora se basan en la demanda de alimentos”, explica y admite que actualmente, “la brecha entre las necesidades y nuestra capacidad de dar respuesta es cada vez más grande”, pese a que trabajan en red con otras instituciones.

Gioseffi remarca que ya desde la crisis del 2001 “los establecimientos educativos y organizaciones dieron respuesta por años a la contención social y alimentaria”, y añade: “Con inversión pública, políticas educativas y un gran compromiso de las y los docentes, la escuela pública logró recuperar su razón de ser: enseñar y aprender”. Pero luego advierte que “el presente nos muestra un enorme retroceso, del aula al comedor”.

“Cuando las políticas públicas o su ausencia erosionan el sistema público de educación, es la propia comunidad educativa la que lo sostiene. En las antípodas de ciertos comentarios de medios y redes sociales, las familias, especialmente las más humildes, tienen una gran conciencia del derecho a la educación. Por eso la educación de niñas y niños no es un bien ajustable aún en condiciones en las que sostener la escolaridad es casi un milagro”, reflexiona el referente.

En tanto, desde la Campaña Argentina por el Derecho a la Educación,  Alberto Croce sostiene que en la actualidad la escuela está jugando un doble rol. “Por un lado cumple un papel asistencial directo teniendo que cubrir y resolver situaciones que los otros mecanismos del Estado han dejado de cumplir, pero también está jugando un rol respecto de reclamar a través de los docentes que esos derechos no se pierdan totalmente”, explica.

En diálogo con Tercer Sector, el referente en temas de educación señala con preocupación que “muchos chicos llegan a la escuela con problemas de alimentación o directamente con hambre, y en los comedores no alcanzan los cupos”. Otra señal que observa como producto de la crisis es la aparición de enfermedades como la tuberculosis y el sarampión. “La falta de vacunas que se está denunciando genera un gran problema en las escuelas, ya que es el lugar donde el chico se enferma o se contagia”, indica. A este diagnóstico agrega además las problemáticas psicosociales que se generan en los chicos y se ven en las aulas, como resultado de los padres que pierden su empleo.

Caja de resonancia

El distrito bonaerense de Avellaneda cuenta con cinco Centros Educativos Municipales (CEM) ubicados en los lugares más vulnerables: Dock Sud, Villa Corina, Villa Luján, Villa Tranquila y Villa Domínico. Allí concurren los chicos a contraturno de su escuela para tener un apoyo escolar, poder hacer sus tareas, reforzar el aprendizaje y, sobre todo en los últimos meses, asegurarse el almuerzo en sus comedores.

“La escuela es la institución por excelencia que funciona como caja de resonancia de lo que pasa en la sociedad. En tiempos de crisis como éste lo pedagógico pasa a un segundo plano, porque debemos atender cuestiones más urgentes como el hambre con que vienen los pibes”, dice a Tercer Sector Enrique Cangas, vicedirector del CEM 125 Javier Villafañe –llamado así en honor a un titiritero y cuentista de Avellaneda–, ubicado en Villa Tranquila, a sólo diez minutos del Obelisco y donde la mayor parte de las familias vive bajo la línea de pobreza.

Con más de 20 años de trabajo en la institución, Cangas recorre habitualmente los pasillos y casillas de la villa para tomar contacto directo con las necesidades concretas de las familias de sus alumnos. “Cuando la crisis impacta, a nosotros nos sube automáticamente la matrícula. Del año pasado a éste la cantidad de inscriptos aumentó en un 30 por ciento y hoy estamos al límite de la capacidad, que son unos 160 alumnos en dos turnos. Eso significa, entre otras cosas, que los padres buscan un lugar donde sus hijos tengan asegurado el almuerzo”, explica el vicedirector y agrega que además –desde el comedor institucional– colaboran con las familias que tienen más necesidades.

Otro indicador que observa el docente en el barrio donde trabaja es la reaparición de comedores comunitarios durante el fin de semana. “Son lugares que habían desaparecido en los últimos años o se habían transformado en espacios culturales y ahora, en un claro retroceso, vuelven a instalarse para asegurar el derecho a la alimentación de los chicos durante sábados y domingos, cuando no tienen la contención de la escuela”, se lamenta.

“Toda la comunidad educativa –los docentes, los directivos, los auxiliares– hacemos un gran esfuerzo para no perder de vista lo esencial, que es el proceso educativo, pero sin dejar de atender estas necesidades urgentes. No desatender la dimensión pedagógica, pero al mismo tiempo tratar de dar respuestas a la situación que atraviesan las familias de nuestros alumnos. Para ello contamos con una fuerte presencia del Estado municipal, que nos asiste con recursos”, remarca Cangas.

Compromiso en acción

“En las zonas rurales uno de cada cuatro chicos no accede a la educación secundaria y, en muchos casos, la educación que reciben no es ‘en’ y ‘para’ el campo, es decir que no se los prepara para seguir viviendo en sus territorios, haciendo actividades productivas que puedan hacer mejorar su calidad de vida en sus propios lugares”. El diagnóstico que traza Mariana Battaglini a Tercer Sector resume en buena medida el porqué del trabajo que la Fundación Cruzada Patagónica realiza desde hace ya más de 35 años en materia educativa y, también, y sobre todo, desde lo social.

Es que, a partir del sueño de sus hacedores, la organización decidió poner de lleno el cuerpo y montar dos escuelas secundarias justamente allí, en medio de la inmensidad patagónica, para esos chicos y chicas a los que ni siquiera el Estado había sabido o podido mirar. Hoy, a los dos colegios que gestiona la fundación asisten 400 alumnos, de los cuales una gran parte no sólo concurre a las clases sino que vive en la residencia que ambos establecimientos tienen y que permiten permanecer allí a alumnos y alumnas que viven hasta a 500 kilómetros de distancia.

Creado en 1982, el Centro de Educación Integral (CEI) San Ignacio está ubicado en el Valle de Sancabao, a 10 kilómetros de Junín de los Andes (Neuquén). Actualmente allí funciona un secundario agrotécnico, una primaria de adultos con modalidad semipresencial y talleres de formación profesional post-primaria. En tanto, en el paraje El Blanco, a 5 kilómetros de Cholila (Chubut), el CEA Valle de Cholila es también una escuela pública de gestión social, con diez años de vida y formato de secundario agrotécnico gratuito, que brinda oportunidades educativas, principalmente a jóvenes de sectores vulnerables del ámbito rural.

“Lo que en estos lugares se ve de manera sistemática es una tendencia al despoblamiento de las zonas rurales por falta de oportunidades”, señala Battaglini, directora ejecutiva de la organización. “Acá los chicos reciben todo de manera gratuita. La fundación lo costea y, en parte, el Estado también. El colegio no cierra nunca sus puertas. Si un día no regás, se muere la producción. Con mayor o menor presencia del alumnado, todo el año está abierto”, señala Mariana.

“A nosotros nos gusta decir que complementamos el trabajo del Estado porque es parte de la génesis del sector social llegar allí donde él no puede llegar. Es cierto que si el Estado no habilita no se puede funcionar, es decir que somos aliados. Luego, lo que ocurre en cada lugar depende de la generosidad o no de la provincia, de las autoridades y de la normativa que hay. Donde el Estado apoya, tenemos mucha más espalda. Allí donde no, cuesta muchísimo más”, relata Battaglini. De hecho, cuenta, para sostener al colegio de Junín de los Andes, cada año la fundación debe reunir 8 millones de pesos.

Con más escala

De murga, a apoyo escolar. De apoyo escolar, a actividades recreativas. De actividades recreativas, a un lugar propio. Así, poco a poco, fue creciendo desde 1988 lo que dio en llamarse Fundación Che Pibe, hoy emblema de trabajo territorial y con compromiso social en la zona sur del Gran Buenos Aires, más precisamente en Villa Fiorito, partido de Lomas de Zamora.

“La situación es más grave de lo que dicen los números porque esas cifras tienen nombres, apellidos, historia y un futuro incierto o, quizás, no el futuro que cualquier sociedad desearía”, afirma Sergio Val, uno de sus referentes. “Por primera vez en 32 años de vida institucional tuvimos que abrir diez merenderos en los barrios, más allá de las comidas que brindamos a los chicos, chicas y las familias que asisten a nuestra Casa del Niño, nuestra Casa del Joven y a nuestra escuela materno infantil”, cuenta Sergio a Tercer Sector y agrega: “La demanda nos superó; no damos abasto”.

Diariamente, desde las 8 de la mañana y hasta la medianoche, a los espacios que gestiona la Fundación Che Pibe asisten unos 650 niños, niñas y adolescentes que van a contraturno de sus escuelas. En el caso del turno noche, se trata de hijos de cartoneros y cartoneras que quedan al cuidado de la organización mientras sus padres realizan sus recorridos.

“Lo que está en juego es la infancia y cuando está en juego la infancia está en juego el futuro”, resume Sergio Val al referirse a la situación actual. En este sentido, cuenta que trabajan codo a codo “con todas las escuelas de la zona”, a las que, señala, ven “como arrinconadas, defendiéndose de los palazos que nos pegan y agarrándose de algunas medidas paliativas que desde el Estado se ofrecen, por ejemplo a través del programa El Estado en tu Barrio, para conseguir un par de anteojos gratis o un turno con el dentista, pero que ni siquiera llegan a toda la población”.

Por lo pronto, junto a las escuelas de la zona conformaron una red –anclada en el Whatsapp– para estar al tanto de novedades y procurar ayudarse mutuamente frente a cada problemática o necesidad. “Se comparte información, intentás conseguir algo, pero, cuando ampliás el zoom, ves que eso no alcanza”, lamenta el referente de la emblemática Che Pibe.

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Suma de voluntades

“Todos los años se inunda, todos los años los maestros viven en habitaciones malolientes, con humedad y agua que brota de paredes y pisos durante varios meses. Todos los años los chicos aprenden en aulas insalubres porque el edificio está construido muy cerca del río Bermejo y, cuando desborda, deja anegada la escuela y sus consecuencias se sienten por ocho o nueves meses. En la crecida de este año entró casi un metro de agua y barro, y la dejó casi destruida. Hay que hacer una nueva escuela. Por eso le pedimos al gobernador Juan Manuel Urtubey hacer una escuela nueva donde no se inunde. Por la dignidad de los chicos aborígenes y criollos y de los maestros”. Así reza una de las tantas peticiones que, motorizadas por maestros, directivos o alguna persona de la comunidad reclaman un cambio en la situación crítica de la educación. En este caso, se trata de la Escuela 4197 Puerto Argentino del paraje La Esperanza, de la provincia de Salta, cuyas mejoras ya son reclamadas por más de 73 mil personas que firmaron el pedido en el sitio Change.org.

Gestión social

Ni estatales ni privadas. Las escuelas de gestión social fueron incorporadas a la Ley de Educación nacional e instrumentadas para garantizar el derecho a la educación de todos los ciudadanos, en especial aquellos que habitan en zonas vulnerables. Este formato se consolidó en el país para integrar a la educación formal la oferta que proviene de organizaciones no tradicionales, asociaciones sin fines de lucro, clubes, credos, fundaciones y cooperativas.

Una de las tantas que funcionan en el país es la escuela Héroes Latinoamericanos, en el barrio Mate Cosido de Resistencia, la capital de Chaco. Se trata de la primera escuela pública de gestión social de esa provincia y fue creada por el Movimiento Territorial Liberación.

“Las escuelas de gestión social nacen como una respuesta popular en los tiempos de crisis, donde el Estado se aleja o se desentiende de sus obligaciones. Desde nuestra modalidad de gestión nos reivindicamos como parte y defensores de la educación pública, y entendemos también que nuestras escuelas son espacios de contención ampliados y podemos ser una fuente de recursos pedagógicos, que más temprano que tarde deberán llegar a la escuela de gestión estatal, debido al impulso creador y la libertad de generar nuevas prácticas que tenemos en nuestras instituciones”, explican desde la institución.

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Una mirada consensuada e integral // Por Inés Aguerrondo *

La dramática situación de pobreza que en el país golpea en particular a los niños, niñas y adolescentes, con la mitad de ellos en situación de vulnerabilidad social, interpela al sistema educativo en su conjunto y ubica a la escuela ante un doble desafío, que puede transformar a la actual etapa en un fracaso o en una oportunidad.

No sólo necesitamos desde hace décadas una profunda reforma educativa, imprescindible no sólo en Argentina sino a nivel global. Ahora, del mismo modo que ocurrió en cada etapa de crecimiento de la pobreza, la escuela debe asumir el desafío cotidiano de funcionar, en los hechos, como un verdadero espacio de contención social frente a los contextos de extrema vulnerabilidad que atraviesan sus estudiantes, las familias y a la comunidad educativa en general.

Atender esas necesidades, profundizar la escucha, tender redes, ofrecer soluciones y generar al mismo tiempo oportunidades que permitan romper el círculo de la pobreza, sólo será posible si, al mismo tiempo, el sistema se repiensa profundamente a sí mismo y, en el marco de una transformadora y consensuada política de Estado genera los cambios necesarios para la construcción de la escuela del futuro, que desafíe a la escuela del presente. Es que sólo es posible un verdadero cambio social en la medida en que la educación vuelva a constituirse en una genuina oportunidad y el sistema educativo abandone su rol protagónico en la perpetuación de la inequidad.

* Especialista en Innovación Educativa, Universidad Católica Argentina (UCA).

Doble desafío // Por Nicolás Rubí *

La escuela es la principal institución pública responsable de garantizar el ejercicio del derecho humano a la educación de niños y niñas, adolescentes y jóvenes. No obstante, la tarea de la institución escolar no puede dejar de establecer un diálogo constante con el contexto social del que forma parte en dos dimensiones diferentes pero complementarias: 1) el proceso de enseñanza y aprendizaje; 2) las condiciones socioeducativas necesarias para que ese proceso se desarrolle.

En la primera se trata de realizar una estrategia pedagógica y didáctica que sea socialmente significativa, que incorpore los saberes comunitarios, que reconozca la singularidad de las trayectorias y que genere aprendizajes situados.

En la segunda dimensión, la escuela actúa en la detección de problemáticas familiares y sociales que ponen a los estudiantes en situación de vulneración de derechos y genera las articulaciones necesarias para la intervención de los organismos públicos pertinentes.

En contextos de crisis, aumenta la presión de los factores socioeducativos y la escuela se encuentra frente al desafío de atender estas demandas en la medida de su responsabilidad, pero sin que ello implique descuidar los aspectos netamente educativos de su rol.

* Equipo de Educación de la Fundación SES.

Texto Fátima Cheade, Silvina Oranges y Andrea Vulcano.

Fuente: Revista Tercer Sector

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