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May 13 2019

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Sexo por comida

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Human Rights Watch, ha denunciado que en Nhamatanda (Mozambique) varias mujeres se han visto obligadas por funcionarios locales a pagar dinero o mantener relaciones sexuales para recibir ayuda humanitaria. El ciclón tropical Idai no sólo ha arrasado con medio mapa africano, también se ha llevado por delante la dignidad humana.

Con esta noticia repugnante y cruel nos daban los buenos días en Europa, la semana pasada las agencias de información. Los titulares que tanto se repiten en nuestra prensa “deberían acabarse estos abusos hacia las mujeres”, me suenan más bien a recomendaciones laxas y a poco compromiso real por desmantelar el cotarro de violaciones sistemáticas que se producen cada vez que hay episodios como estos.

¿Hay algo qué interese menos que el sufrimiento de mujeres negras, pobres y africanas?

Esta semana también publicaba diarionorte.com la denuncia que ha realizado El Centro de Estudios Nelson Mandela, después de conocer que tres mujeres de Villa Río Bermejito habían sido obligadas a tener sexo a cambio de bolsas de alimentos, por parte de integrantes del Ejército Argentino.

Extorsión a cambio de comida cruzando el atlántico, pero aquí en Europa seguimos mirándonos el ombligo en un claro ejercicio de narcisismo, mientras millones de mujeres seguimos sufriendo la violencia en mayúsculas. Da igual en que rincón del mundo estemos, siempre seremos vulnerables a los abusos de poder, de una sociedad que nos mutila, explota, cosifica e ignora. Que nos convierte en mercancía a placer. Para seguir moviendo la rueda del consumo, para explotarnos como mano de obra barata o simplemente hacer uso de nuestros cuerpos para satisfacer los deseos sexuales masculinos. En guerras, conflictos armados, desastres naturales… da igual el contexto, los hombres se apropian de nuestros cuerpos con más o menos decoro. Podemos darnos por contentas si el abuso sólo requiere de chantaje y no violencia física. Negociar con comida, es sin duda la mejor forma de usar el poder para explotar y abusar de las mujeres sin ensuciarse mucho las manos.Así deben pensar al menos, los salvajes que se aprovechan de los contextos de necesidad y pobreza para jugar con la comida, la dignidad y los derechos humanos. Que tengamos que ser las feministas las que denunciemos violaciones, prostitución, trata, mutilizaciones genitales, planchado de pechos, raptos provocados para propiciar casamientos forzosos y exilios menstruales, entre otras barbaries, me indigna hasta límites que nos os gustaría conocer.

El mundo vive de espaldas a realidades que suceden fueran de nuestras fronteras, pero no por eso dejan de existir. Como territorio privilegiado, tenemos que aunar energía y hacer fuerza, para acabar de una vez y por todas con estas violencias machistas.

Los desastres naturales no pueden evitarse, pero los abusos de poder sí.

El ciclón Idai o el caso de Argentina, son ejemplos claros de que cuando hay situaciones desfavorables para el pueblo, las mujeres son las primeras en caer. La ONU se ha manifestado y dice que ya está investigando para actuar con rapidez. Habría que poner en tela de juicio su concepto de “rapidez”. Como organización que vela por la protección de los derechos humanos, actuar a posteriori dice mucho de la escasa gestión preventiva y de vigilancia que debe poner en práctica, tras producirse la catástrofe natural o el conflicto bélico en cuestión. La historia lleva regalándonos hace siglos, episodios similares, uno detrás de otro, de lo que sucede entre bambalinas. Pecar de ingenuidad en este caso me parece bochornoso e insultante.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU ha proporcionado ayuda alimentaria en Mozambique, en coordinación con el Gobierno local y el Instituto Nacional de Gestión de Desastres. Estar en las listas de reparto tiene mucho que ver con la voluntad de un funcionariadoen muchos casos corrupto, deshumanizado y conocedor de la impunidad con la que pueden operar. Una auténtica vergüenza, que doce mujeres valientes hayan tenido que ser las que destapen estos abusos, a sabiendas de los riesgos que pueden correr. Mujeres supervivientes que gastan las pocas fuerzas que les queda en sacar la mano fuera del agua, pidiendo ayuda. Y nosotros aquí, desde el otro lado del mar que nos separa, estamos viendo como levantan la mano porque están a punto de ahogarse. No podemos girarnos y dejarlas a su suerte. El mundo es lo que es, en parte por la complicidad de los cobardes que legitiman las injusticias con su silencio. Hasta el próximo 8 de marzo todavía quedan algunos meses para volver a desempolvar la pancarta y gritar por ellas. Quizás hoy, es buen momento para dejarnos de hipocresía y dar voz a la violencia brutal que sufrimos las mujeres todos los días del año, en cualquier punto del planeta. La barbarie esta en manos del patriarcado. Conocer, denunciar y actuar en la de todos.

Fuente: El Correo de Andalucía

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