El testimonio de las inundaciones en la mirada de uno de los más notables fotógrafos argentinos

Supongamos que te despertás de noche con una gota de agua cayéndote sobre la nariz. Abrís los ojos, encendés la luz y ves una pequeña mancha ocre en el techo, del tamaño de una moneda. Son las tres de la mañana y te acostaste a la una, después de encajarte un Lexotanil, porque te agarró un corte de dos horas en la Panamericana cuando volvías del country club de Pilar. Supongamos, digo. Y supongamos que la mancha en tu departamento de Palermo termina de despertarte cuando cae otra gota –esta vez mucho más densa y enérgica– en tu ojo, con el que ves que la mancha empieza a aumentar de tamaño aceleradamente. Medio dormido aún, te levantás, te calzás el pantalón de fútbol y agarrás las llaves.

En la dormidera tardás un poco en abrir la puerta, mientras ves de reojo que en esos pocos segundos la mancha se ha vuelto un mapa de Australia, todavía pequeño. Supongamos. Desesperado, salís casi desnudo y a los tumbos al pasillo, subís corriendo las escaleras y buscás el 11º N. Tocás el timbre tres veces en menos de un minuto y, ante la falta de respuesta, golpeás la puerta violentamente. Los consorcistas del 11º G, H, I, J, K, L y M salen al pasillo en pijama, todos insultándote. Pero, de la parejita joven del 11º N, ni noticias. Entonces decidís volver a tu departamento. Apenas entrás ves con espanto que la gotera se ha transformado en el mapa de Pangea que abarca el living, el baño y la cocina. Tres especies de volcanes que se han formado en el techo, luego de perforar la pintura, y lanzan con fruición tres grandes chorros de agua. Recién entonces tomás conciencia de que tu departamento tiene ya medio metro de agua, que algunos muebles navegan de un cuarto al otro, que tu iphone se ha convertido en una sonda submarina y que tus CD’s más queridos de Bryan Adams flotan como irupés por todo el living. Pero lo peor no es eso, sino que, en una esquina del departamento ves a una mujer, casi una niña, llorando, con el agua a la cintura.

En ese momento mirás para arriba y caés en la cuenta de que ya no hay más mapa de Pangea, sino que ahora tu techo es de chapa y se volvió un enorme colador por donde entran cataratas de agua. Supongamos. Vos hacés un intento por contener el aguacero poniendo unos cartones que el viento se lleva volando al instante, mientras dudas si tomar otro Lexotanil, llamar al 911, o al 0800sushi para pasar el mal rato. Pero, en cambio, te quedás paralizado. Tanto, que no hacés nada cuando ves entrar dos gronchos cantando una cumbia, que arrancan tu Smart TV de 1000 pulgadas de la pared, se acuestan de panza sobre el aparato que flota y salen barrenando por la ventana hacia el Paraná tempestuoso que alcanzás a ver por entre los agujeros de las maderas que hacen las veces de paredes. Uno rema con tus New Balance y el otro con las obras completas de Gerard de Nerval que acaba de agarrar de tu mesa de luz. Esto es lo que termina de sacarte. Cualquier cosa tolerarías de los negros, menos meterse con la cultura.

Pero, justo cuando vas a lanzarte nadando tras ellos, la chica se pone a llorar mucho más fuerte mientras camina hacia su ropero. Lo abre y saca de adentro un niño. –Se llama Pedro y tiene dos meses –me dice–. El ropero es el único lugar seco de la casa –aclara, mientras te lo pone en brazos. Es entonces cuando vos te ponés a llorar más fuerte que ella. Porque te das cuenta de que estás en el barrio El Timbó de Resistencia, en un rancho inundado como tantos otros en esta época, donde vive esa niña de 17 años con su hijo. Y entonces te nace acariciarle la mejilla a Pedro, que te mira con inocencia y sonríe. No sabe que está viviendo su primera experiencia en la pobreza.

En ese momento descreés de todo. Del mundo, del corazón humano y, sobre todo, de vos mismo. Porque enseguida le devolvés el chico, tomás tu cámara, disparás varias fotografías, le das las gracias por haber conseguido tomas tan emotivas y partís. Aunque después no puedas dormir. Y pensás por un momento en proponerte como padrino de Pedro. O en hacer una Fundación para ayudar al barrio. O una revolución junto a ellos. Pero enseguida te calmás. El Lexotanil te está haciendo pensar pavadas. La vida no puede ser pura emoción. Decidís que a primera hora llamarás a la administración para exigirles que arreglen esa gotera que osó lanzar una gota sobre tu nariz de clase media. Después te arropás con tu frazada calentita y te dormís. Supongamos.