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Dic 26 2016

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Algunos gobernantes se parecen a los burros, pero éstos son diferentes por naturaleza

Popularmente, el asno tiene fama de paciente, tozudo e incluso lerdo. Pero los zoólogos que los estudian opinan de forma bien distinta y aseguran que estos solípedos poseen una conducta compleja e incluso una gran inteligencia que nada tiene que envidiar a la de cerdos, ratas y perros.

descargaMuy sensible a los malos tratos, el burro se niega a responder a ningún estímulo que provenga de sus maltratadores, de ahí su fama de terco. Ahora bien, en un entorno favorable, su respuesta a los problemas es sorprendente. No en vano, sus parientes salvajes asiáticos y del cuerno de África, con fama de indomesticables, sobreviven gracias a su astucia en regiones tan áridas que casi ningún otro mamífero logra hacerlo. No extraña pues que en la Antigüedad el burro fuera un animal muy valioso y que fuera requerido por sus cualidades, nobleza y austeridad alimenticia. En Grecia y Roma, el carácter del asno se usaba como ejemplo de virtud para los ciudadanos y, tanto en el mundo árabe como cristiano, la tradición religiosa lo veneraba como montura de Mahoma y Jesucristo. Por último, durante siglos se trazaron los caminos de montaña siguiendo los pasos del burro, pues siempre elige la pendiente más suave.

¿Son tontos los burros?

Los burros son animales muy valientes. Cuando se asustan, no salen huyendo sino que rebuznan con fuerza. Un burro es el único animal de su tamaño que no retrocede si se encuentra con un león, razón por la cual en África se usan burros para proteger al ganado. Hasta los perros se asustan de los burros, pues son muy precisos en sus coces.

Como animal de monta y de carga antecedió al camello en las mismas regiones y ambientes en las que después se multiplicó este último. Con los burros llegó el comercio: su capacidad para transportar dócilmente el 30 % de su peso dio paso a una nueva etapa en el transporte de mercancías. Se usaba de transporte mucho antes que los caballos, que se criaron originalmente en Asia sólo por su carne. El burro, o el asno, se domesticó por primera vez en Etiopía y Somalia hace unos 6.000 años.

Tienen fama de terquedad debido a su agudo sentido de auto preservación. Por esto es tan difícil a veces forzar a un burro a hacer algo, puede que esté en contra de sus intereses o de su seguridad. Se ven por delante en el suelo una sombra o un color diferente temen que sea un desnivel y se resisten a avanzar hasta que lo comprueban.  En algunas circunstancias, los asnos se comportan de un modo más inteligente que los caballos: éstos son propensos a sufrir ataques de pánico y a echar a correr en estampida, lo que puede resultar peligroso. Los burros son más flemáticos y analizan detenidamente la situación hasta decidir la respuesta más adecuada. Los burros no se asustan con facilidad, tienen más bien un agudo sentido de la curiosidad.

 Su resistencia a realizar diversas tareas puede ser interpretada más bien como un signo de independencia y terquedad que de torpeza. Al fin y al cabo, hacen frente en la naturaleza a los mismos retos que sus primos, los caballos, y la capacidad cerebral de ambos es similar en relación con su tamaño corporal.

Un burro es más fuerte que un caballo de su mismo tamaño.

Un burro puede llegar a vivir por más de 50 años y tienen una memoria increíble, pueden llegar a reconocer lugares y a otros burros aunque hayan pasado 25 años.

A los burros no les gusta estar solos, son felices en grupo incluso si se trata de un rebaño de cabras.

Los burros del rebaño se acicalan los unos a los otros como hacen los monos y los chimpancés y suelen ser utilizados como animales de guardia para proteger a los bovinos, ovinos y    caprinos.

Los burros son a menudo introducidos entre los caballos debido al efecto tranquilizante que tienen en los caballos nerviosos.

Además, han desarrollado una estrecha relación con los seres humanos y pueden hasta leer sus estados de ánimo en su expresión.

Una anécdota para nada burra

Un día, el burro de un aldeano se cayó a un pozo. El pobre animal estuvo rebuznando con amargura durante horas, mientras su dueño buscaba inútilmente una solución. Pasaron un par de días, y al final, desesperado el hombre al no encontrar remedio para aquella desgracia, pensó que, como el pozo estaba casi seco, y el burro era ya muy viejo, realmente no valía la pena sacarlo, sino que era mejor enterrarlo allí. Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a echar tierra al pozo, en medio de una gran desolación. El burro advirtió enseguida lo que estaba pasando y rebuznó entonces con mayor amargura.

Al cabo de un rato, dejaron de escucharse sus lastimeros quejidos. Los labriegos pensaron que el pobre burro debía de estar ya asfixiado y cubierto de tierra. Entonces, el dueño se asomó al pozo, con una mirada triste y temerosa, y vio algo que le dejó asombrado. Con cada palada, el burro hacía algo muy inteligente: se sacudía la tierra y pisaba sobre ella. Había subido ya más de dos metros y estaba bastante arriba. Lo hacía todo en completo silencio y absorto en su tarea. Los labriegos se llenaron de ánimo y siguieron echando tierra, hasta que el burro llegó a la superficie, dio un salto y salió trotando pacíficamente.

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