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Jul 30 2016

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Los Resistentes del Bicentenario

Por Gastón Bejas

“La resistencia campesina consiste en volver a ocupar el lugar donde uno ha crecido para consumar la reforma agraria y la soberanía alimentaria, es decir restitución de la posesión para el cultivo agroecológico, reconociendo como enemigo al neoliberalismo agroindustrial”.

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Anochece, los cuerpos comienzan a acercar las sillas al fogón que nunca deja de arder bajo sol y luna. La noche estrellada libera un aire helado que baña todas las cabezas y penetra, hiriente a través de gorras sombreros o capuchas. Al lado, en el centro de la carpa principal, arden unas brasas que nos invitan a rodearla, bajo techo (de plástico), abrigados de la inmensidad, la oscuridad. Doña Leticia sirve mates dulces con café. Música de un celular, historias de luchadores, de paisajes, de héroes, de cine, de Coutinho, de zapatismo y demases. Se escucha algo raro. Silencio. Todos de pie. No es nada. Volver a la silla. Competencia de armado de cigarrillos de tabaco. El box al parecer está mucho más caro. Burlas, sonrisas, palabras de aliento. Compañía. Así es la guardia de la noche en medio del monte santiagueño.

Seis son las familias de la comunidad Iaku Cachi – Guaycuro que resisten en unos terrenos en San Luis, entre Pozo del Toba y el Bajo Hondo; a unos 87 kilómetros de la ciudad de Quimilí, Santiago del Estero. Las banderas del Mocase VC flameantes y contrastadas con el monte árido, agreste, anuncian el campamento de los resistentes. Sólo queda un rancho a unos 150 mts del campamento central. Pertenece a la familia de Pinki. Un compañero que junto a su mujer tienen palabra serena y experimentada en las constantes asambleas. El campamento se levanta entre plásticos y adobes, al lado de lo que fue el rancho del Zurdo Horacio Ramón Fernández, autoproclamado gran defensor central e hincha de Boca. Vive con su compañera y su hijito Víctor. Por la mañana me invita a caminar por lo que fueron sus corrales. Si, fueron y están tratando de que vuelvan a serlo. Hace un mes, montado en 6 camionetas, un escuadrón paramilitar se adentró en los terrenos amenazando a las familias con armas de guerra, haciendo tiros al aire. Niños y niñas campesinos vieron entre sus cejas armas que nunca se hubiesen imaginado. No conforme, cortaron los alambres de los corrales, pasaron una topadora sobre el pozo de agua que abastecía a las familias y destruyeron un calicanto. “Mire tucu, si hasta los plásticos de las ópticas dejaron rotos por pasar por encima el pozo. Pensábamos que lo enveneraron así que tomamos agua del pozo de un vecino, pero no será para siempre. Estamos tratando de armar de nuevo todo para nuestros animales. Vivimos de ellos”, relata Fernández con la cabeza gacha.

La tierra es de quien la trabaja

El Zurdo es nacido y criado allí. Hace unos 20 años un empresario lo corrió, su padre falleció y se mudó junto a su madre a unos 16 kilómetros monte adentro a un lugar llamado Campo del Cielo. Se asesoró y comenzó un proceso judicial en donde esperaba el reconocimiento de su posesión sobre esas tierras fiscales. Hace 7 meses, el empresario Orlando Canido (denunciado desde el año 2005 por operar de manera similar en las comunidades de Laguna Baya, Bajo Hondo, Hornos Colorados, Guachana y el Tunal entre otras) se apersonó construyendo hornos para hacer carbón en esas tierras, que aún se encuentran en litigio. Ello bastó para que el Zurdo, acompañado de compañeros y compañeras del Mocase VC, reocupen los terrenos en donde se crió. La resistencia campesina consiste en volver a ocupar el lugar donde uno ha crecido para consumar la reforma agraria y la soberanía alimentaria, es decir restitución de la posesión para el cultivo agroecológico, reconociendo como enemigo al neoliberalismo agroindustrial. Justicia. Alimento para los pueblos. Nada más que eso. El agronegocio maneja cantidades de dólares incalculables para esta gente, motivo suficiente para traer desde Buenos Aires a barrabravas armados, mercenarios, capaces de enfrentar a una niña de rasgos de greda curtidos al sol y amenazarla de muerte. Esmeralda (5 años) y sus hermanos los vieron, sintieron el miedo. Vieron la muerte de cerca. Lo cuentan. “El otro día dijimos que había que buscar una bomba para sacar agua del pozo y los chicos comenzaron a llorar cuando han escuchado BOMBA”.

Luego de unos días y la incipiente intervención del gobierno santiagueño, defensa civil y la policía de Quimilí, estos mercenarios dejaron de frecuentar el lugar, no sin antes incendiar el rancho del Zurdo ante la mirada de la policía. ¿Detenidos? Ni hablar. Las imágenes captadas por la cámara valiente de la compañera Margarita (nieta de Raymundo Gómez, uno de los fundadores del Mocase), recorrieron el mundo a través de las redes sociales. Eso pasaba a días del festejo del Bicentenario de la Independencia, mientras los medios masivos de comunicación se hacían eco y se jactaban de la visita del rey de España a nuestra cuna de la independencia.

Incendio del poniente

Muchos compañeros y compañeras de distintas comunidades campesinas se acercan a diario a este campamento para acompañar, para colaborar en la guardia, para levantar hornos de barro, para cocinar juntos en esas ollas populares de donde salen guisos, estofados, mates y tortillas, encendidos por el fogón que no deja de arder. Las miradas cómplices, las risas, las guitarreadas rápidas para robar sonrisas están tan presentes como el peligro latente de que vuelvan a aparecer las “guardias blancas” de Canido.

La tarde comienza a caer. El incendio del poniente anuncia la llegada de una nueva noche para estar atentos. Los niños corren y juegan. Me invitan y enseñanan a jugar con ellos. Jugamos a sembrar semillas en la tierra ¡Alerta! Una camioneta llega. Los compañeros corroboran que es el carnicero de Quimilí, quien viene a comprar chanchos. Comienza el pesaje y venta de animales, mientras la franja rojiza termina de caer en el horizonte aplastada por el azul. Desde el fogón las mujeres terminan de repulgar, entre bromas y verdades, unas empanadas que serán cocinadas en el flamante horno de barro que doña Leti empezó a cimentar y los muchachos Gómez, de Rincón del Saladillo, “la Cuna de los Rebeldes”, terminaron de construir.

Anochece. Los cuerpos comienzan a acercar las sillas al fogón que nunca deja de arder bajo sol y luna. La noche estrellada libera un aire helado que baña todas las cabezas y penetra hiriente más allá de gorras, sombreros o capuchas. La resistencia campesina, la que lucha por la independencia de los pueblos.

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