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Ene 27 2016

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Las lecciones de la historia

Por Raúl S. Vinokurov

Siempre reconocemos que para saber hacia donde debemos ir, debemos conocer de dónde venimos. Viejo como el mundo, conocido ésto por todos, pero no tenido en cuenta.
Imagen-292_f_improf_180x146La vida, los seres, los dirigentes, el poder, la impunidad y tantas cosas más, tienen una característica común que es inalterable: su finitud. Todo lo que empieza, alguna vez termina.

Lo sabemos pero hay momentos en que parece que lo olvidamos. Fundamentalmente lo olvidan o creen que podrán vencer esa cualidad, aquellos que obtienen un poder tal que se creen capaces de modificar o eludir esta constante inexorable. Ya lo dijimos, ese poder que a algunos les hace pensar que todo lo pueden, creen, sumergidos en esa burbuja irreal, ajena a la realidad, que podrán vencer al tiempo y a ciertas lecciones de la historia.

En política, el poder no es eterno. Es algo temporal que puede ser utilizado de varias maneras. La historia, en general demuestra, que en el embriagante ejercicio del poder, podemos hacer lo que queramos menos una cosa: evitar pagar las consecuencias.

La actualidad de nuestro país es un escenario donde se nos representan varios actores. Algunas primeras figuras que no aceptan, no entienden, que ya no tienen el poder del que gozaron y arrastran en esa incomprensión a muchas figuras secundarias que fueron beneficiados con algunos privilegios otorgados por esa primera figura que lentamente se retira con mucha pena y casi mínima gloria, del escenario.
Paralelamente, tras las bambalinas hacen su aparición otros actores, otras figuras más o menos conocidas por el público asistente a la representación. Público al que todos invitaron a presenciar la obra y participar pagando su entrada. Nadie ofrece estas cosas en forma gratuita.

Las nuevas y primerísimas figuras dueñas del escenario y ante las quejas del público por el alto costo de las entradas, nos aclaran que ese actor que se acaba de ir es el responsable que nos quede poco dinero a muchos y mucho a pocos, es absoluta culpa del anterior primer actor. Y por supuesto, ratifica sus promesas de solucionar todos nuestros problemas sabiendo que muchos, un poco más de la mitad del público asistente, participa de la obra un poco por cansancio de ver tantos años en la cartelera a la misma figura que ya no actuaba bien y había que repudiarla y además con la esperanza de que con los cambios prometidos se verán cristalizadas sus aspiraciones de vivir mejor.

Y lo que vemos en escena, representando la obra guionada por la vida, por la historia y por la gente que paga por ver, es la lucha del que no se quiere ir contra el que quiere ocupar su lugar. Lucha por obtener y ejercer lo máximo posible, el poder. Porque de eso se trata, aunque muchos espectadores no lo entiendan así. .
El actor retirado que ya no goza de las preferencias de la mayoría del público que antes lo apoyaba, promete volver a ser la estrella, la primera figura del teatro nacional. No analiza que hizo mal, en que se equivocó, en qué momento modificó el guión olvidándose del autor y del público, por supuesto, en beneficio propio, y creyendo que su estrellato no tiene límites ni fin. Muchos actores secundarios dicen apoyarla ya que quieren volver a gozar del éxito y todos los privilegios que con eso obtienen, también en beneficio propio.

Todo llega a su fin, todo tiene un final. Y el público espectador siempre lo hace saber, aunque muchos no lo quieren o no les conviene reconocer borrachos de gloria, impunidad y pretendida omnipresencia en la escena.
¿Aprenderá el nuevo actor de estas experiencias y todas las experiencias anteriores? Las obras duran en las marquesinas del teatro más o menos tiempo, pero siempre, siempre, llega el momento de proponer otros actores e incluso a veces, otra obra diametralmente opuesta a la anterior.

Si la nueva primera figura de la escena nacional no lee los mensajes de la historia, si no actúa y trabaja en beneficio de todos los espectadores que siempre pagan su entrada, cada vez más caras y para muchos representando un enorme esfuerzo hacerlo, volveremos los espectadores a presenciar otro tremendo error. Y más tarde o más temprano se lo harán saber e irán con sus escasos recursos a pagar la entrada de una obra distinta, que una vez más, les prometa mejorar su calidad de vida.

Tal vez sí haya algo que no es finito. La protesta popular, el hacer saber su disconformidad contra libretos que no nos representan, ni contienen, y no dejan vislumbrar que realmente se piensa y se trabaja por el bien común y general. En algún momento o cada dos años votando, el público expresa su conformidad, o no.

El nuevo primer actor debe saber que su tiempo para culpar a la primera figura anterior también tiene un límite. No mucho después de comenzada la representación, los errores serán atribuidos exclusivamente al nuevo primer actor. Y el ciclo vuelve a comenzar.

¿Tendremos alguna vez en las marquesinas del teatro la misma obra, continúa, actualizada e interpretada por distintas primeras figuras pero siempre teniendo un libreto en beneficio del país y su población?

22-01-16

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