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Ene 15 2015

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Expulsión de las familias campesinas por el avance de la soja

Fuente: publicación de Diario Norte, edición física del día jueves 15 de enero, sección Chaco Adentro, pág. 33

Las escuelas rurales se resisten al olvido en Pampa del Infierno

PAMPA DEL INFIERNO (Por Walter H. Corvalán Corresponsal) – Lenta pero inexorablemente las escuelas rurales mueren día a día en nuestra zona. Las matrículas son irrisorias: de 8 a 12 alumnos. En la zona norte los parajes y colonias están completamente despoblados. Tres casos paradigmáticos: Colonia El Borracho: Paraje El Peligro; Paraje La Esperanza.

A 30 Km al norte de Pampa del Infierno por ruta 5 con rumbo a Juan José Castelli emplazado en el monte chaqueño se encuentra Paraje Pampa Peligro; la picada que surca la entrada a la E.E.P 974 de paraje El Peligro es el portal que indica que allí comienza la gran zona del Chaco seco conocida como El Impenetrable.
La escuela nació en 1985 en un humilde rancho, rodeada de monte y soledad, de picadas y silencio. Tenía un techo de paja y barro a dos aguas como imponiendo respeto. En 2009 fue su último ciclo lectivo porque se quedó sin alumnos.

Hoy el manto del olvido cubre a la Escuela N® 974 de Paraje Pampa Peligro, nada queda. Tenía derecho de volver, de ingresar (alguna vez fue mi escuela y no quiero que muera en el olvido de la burocracia), solo silencio, ventanas rotas, los sanitarios ya no están como en otras escuelas rurales. Se ha escuchado tantas veces que el Ministerio de la Producción está presente en el campo y estos edificios escolares que se funden de a poco podrían servir como oficinas de este ministerio o quizás del Instituto de Colonización.

Los funcionarios estarían así más cerca de los vecinos de este paraje y de otros adyacentes, junto a los auténticos pobladores rurales. Cabe recordar en este contexto a don Pablo Cicka, era un checoslovaco (fallecido ya) que se afincó en esta zona allá por 1927- aún quedan sus hijos, otro vecino de la zona de apellido Bravich; ucranianos también convertidos en inmigrantes forzosos por las guerras mundiales.

El pasto intrépido rodea a la escuela; la está tapando, literalmente. Incluso en el baño comenzaron a crecer quimiles, dentro de dos años o tres habrán destruido las instalaciones. Los caminos vecinales ya no existen, eran caminitos o mejor dicho huellas, llenas de pasto, rodeados de quimiles y charatas de cantos sórdidos. Una vez incluso fui acechado por un puma. Ahora no quedan ni pumas.

Toqué sus muros sólidos, todavía peleándole al olvido. Cerré mis ojos y escuché con el sonido de los recuerdos a aquellos niños que volvían a sus casas, recorriendo caminitos, alegres, sus risas y sus gritos perdiéndose en los quebrachales; otros desatando sus zorras y caballos, otros marchándose en sus bicicletas. Eran otros tiempos, nuestro maestro no sabía de paros, incluso llegaba a la escuela en tractor los días de lluvia, no teníamos ventilador, el agua la acarreábamos en balde de un vecino cercano. Esa era nuestra agua potable. Los niños éramos felices.
El recuerdo de las fiestas de la comisión cooperadora, eran conocidas como “Beneficios”’ siento en los años idos el eco de un chamamé maceta, que despedía una vieja bocina que hacía las veces de amplificador colgado de un jacarandá. Los campeonatos de fútbol entre los equipos de los parajes. Ahora solo el silencio, o el saltar de cientos de langostas y el revolotear de las avispas que construyen sus casitas dentro de la escuela. Ni siquiera la pizarra queda de nuestra vieja Escuela N® 974. El maestro se jubiló. Y todos los que alguna vez fuimos sus alumnos nos fuimos.

Ahora la escuela presenta a su última batalla a los pastos y al olvido. Nada queda. Solo “el progreso sojero” se observa en los campos vecinos. Aspiré el aire seco y duro, sentí el olor a caballos, sentí los ruidos de zorras, el graznido de los caranchos; sentí mugidos de toros; sentí en mi corazón el salve mi bandera que escuchamos de un grabador de cassetes. Observé el monte en donde alguna vez teníamos una inmensa cancha de fútbol.
Luego observé el camino, casi tapado de pastos. Un camino olvidado, como la escuela, re-cuerdo a vecinos de otros tiempos, a don Sosa, a los Blanco, los Juárez. Silencio de domingo por la tarde.

Al regresar volví por la Colonia El Borracho, la situación es peor, incluso el mismo ingreso de lo que fuera su histórica escuela está todo alambrado. No existe más. Esta escuela funcionó por más de 80 años, es solo una cúmulo de sombras, solo se divisa un montón de escombros. Había también una salita de primeros auxilios, nada queda, ni siquiera sus puertas. Hasta entrada la década del 90 funcionaba.
Otros vecinos comentaron que en el Paraje La Esperanza existe una escuela de considerables dimensiones que también lucha contra el olvido.
Estimo que también es la última vez que vuelvo; ya no tiene sentido volver. Todo murió. Ahora, a quienes corresponda y quienes sean responsables, velen por las escuelas rurales. Hasta siempre, Escuela N9 974.

La muerte de los parajes

El “progreso sojero” llegó y se llevó para siempre a paraje Pampa Peligro. Nada queda. La situación de ese entonces, año 1982 hasta 1987, era otra; pobladores que se habían afincado en esos montes solicitaban encarecidamente tierras para continuar con su cría casi de subsistencia, no eran escuchados por los funcionarios del Instituto de Colonización. Solo el “venga al pueblo” una y otra vez, y ese otra vez era un doblar de campanas mudas; nunca llegaban las soluciones y así los campos se fueron despoblando, no había oportunidad de crecimiento para los verdaderos campesinos, esos que trabajaban la tierra con sentido de pertenencia y libertad. Claro ahora está “el progreso sojero” Más allá de que esté regulada la situación de los desmontes, en estos últimos 15 años o menos, debido a la ampliación de la “frontera agropecuaria” se llevó esto consigo miles de hectáreas de quebrachales, algarrobales y sin contar con las especies nativas muertas.
Recordaré también cuando niño, el rugido de las motosierras y el golpe del hacha llevándose la vida de miles de quebrachos colorados. El obraje era un modo de vida, entre la década de 1970 hasta entrada la década del 90, pero estimo que en esos años no se mataron tantos miles de árboles como en esta última década de “progreso sojero”

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